domingo, 17 de agosto de 2025

LA NIÑA DE MAMÁ - PARTE 7: EN EL CENTRO COMERCIAL

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Escrita por: “Irene Naridza”

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Hoy no quería levantarme de la cama, me siento muy cansado y no tenía muchas ganas de hacer nada. Mamá vino a revisarme más temprano y dijo que estaba bien. Me golpeó con la almohada y dijo que dejara de holgazanear. Pero seguí en la cama por un rato más hasta que me dio hambre. Mamá solo me lleva la comida a la cama cuando estoy gravemente enfermo.

Mientras comía un pan con juego de naranja, mamá propuso que debíamos ir a comprar un par de cosas para el año escolar. Ya han pasado unas cuantas semanas desde que inició el nuevo año escolar. No he necesitado nada nuevo pues aún me sobraban cosas del año pasado. No he necesitado cuadernos nuevos pues ahora los maestros nos manejan con hojas sueltas. Es porque es más fácil de llevar para calificar.

Tenía un cuaderno donde tomaba notas, pero ese sí ya está por terminarse. Mis esferos han servido por mucho tiempo. He tenido suerte de evitar que me los roben. Pero ya tiene poca tinta. Mi lápiz mide como 4 centímetros, pero sigue siendo útil. Mi borrador era grande, ahora es del tamaño de una semilla de girasol.

Mamá dijo que le gustaría ir conmigo a comprar las cosas que necesito, pero que estaría ocupada organizando unos documentos de su trabajo. Es un fastidio que a veces la llamen los sábados, pero son las cosas que debe asumir en su nuevo y mejor pagado trabajo.

Luego se puso a desvariar y a sugerir que debería hacerme un mejor peinado, que debería comprarme ropa bonita y esas cosas que tengo el presentimiento, deben acoplarse a esa versión de ‘Nadia’ que quiere que sea. No sé si contrariarla en eso, desde que esto inició se la ve más animada y eso me gusta, pero quisiera tener más espacio para ‘Nathan’

Me dio dinero y me dijo que fuese a comprar lo que necesitara al centro comercial. Hoy no quería salir como Nadia pese a todo, pensé que estaría bien si salía como chico. Además, solo puedo salir como chica cuando mamá saca el auto desde la cochera. Si de repente saliera por esa puerta y fuese a tomar el autobús luciendo como Nadia, ojalá me tragara la tierra antes que esos idiotas empezasen a acosarme.

Me puse un terno calentador negro. Es como esa ropa deportiva que algunos usan para correr, pero no es para correr, esta es más usual. Me recogí mi cabello largo en una coleta la cual pasé por el agujero de la gorra que me puse. No tengo billetera, solo esa cartera que mamá me dio. Llevar el dinero, las llaves de casa, mi teléfono y mis identificaciones sueltos en el bolsillo resultó más incómodo de lo que pensaba.

Mientras esperaba en la parada de buses tuve que aguantar el alboroto de otros dos chicos de mi barrio, hablaban de deportes mientras jugaban con una pelota. Nada de malo, esa era mi rutina de hace un par de meses atrás. El problema era que lanzaban su pelota contra la pared del banco de espera, haciendo vibrar la estructura y haciendo mucho ruido.

Les dije que pararan y me arrojaron la pelota, mi gorra se hubiera caído al suelo húmedo si no fuera porque se sostuvo por mi coleta de caballo. La gente en este barrio no es muy simpática. Sin embargo, mamá dice que es un lugar encantador. Eso es mentira, la gente de aquí suele ser gruñona, les molesta hasta que les saludes por la mañana.


Creo que mamá dice eso porque pasó su infancia en un barrio bajo o zona roja, o como sea que se les diga a esos lugares donde lo más común es ver pandilleros robando y vendiendo polvos raros. Siempre que me quejo, ella comienza a contar cómo era ese lugar.

El Barrio 10 de octubre – sí, tenía una fecha como nombre – fue donde creció. Las casas eran muy baratas y la renta también. Solo que era un nido de todo tipo de gente de baja calaña. Se les debía pagar a los pandilleros para que no entrasen a robar en tu casa o en media calle. Mucha gente de fuera venía solo a comprar esas cosas raras, a muchos los asaltaban antes de llegar. Según mamá todos los días se escuchaban disparos al punto que se volvió normal.

Mi abuela, que en paz descanse, crió sola a mamá en ese lugar. Mamá si conoció a su padre, solo que un día ya no volvió a la casa. Recibían cartas diciendo que era porque les debía dinero a las pandillas, luego descubrieron que se había fugado con una mujer más joven a formar otra familia que probablemente también abandonó, o al menos mamá quiere creer eso.

Al ser mujer, a mamá la acosaban de muchas formas. A ella la intentaban manosear cuando intentaba esperar el bus. Es algo muy horrible, hace ver a un pelotazo a la cabeza como algo amable.

Mi autobús ya había llegado. Me subí, pagué y fui directo a los asientos de en medio. El mejor lugar para ir en tranquilidad. Veo las calles del barrio desaparecer para transformarse en el terreno lleno de árboles y maleza de la periferia. ¿en qué estaba? Oh sí. En ese barrio horrible. Intentar hacer algo contra los pandilleros era inútil pues al final vivía allí. Los pandilleros podrían tomar represalias contra cualquiera.

Mamá se emociona mucho cuando me cuenta de la vez que los pandilleros fastidiaron a los sujetos equivocados. Ese día notó que hubo más disparos de lo normal y humo. Los servicios de emergencia siempre tardaban en llegar por las distancias. Cuando llegaron los policías solo encontraron cuerpos y el edificio de los pandilleros carbonizándose.

Mi abuela y otros vecinos entraron al edificio. No para salvar a nadie si no a ver qué podían encontrar de valor. Ella encontró un tarro de cacao lleno de billetes y joyas. Lo tomó y se fue. Aunque comprometió de forma terminal sus pulmones por los químicos quemándose, con eso lograron comprar la casa de aquí que luego mamá heredó.

Si mal no recuerdo, las pandillas molestaron a miembros del cartel que había en ese entonces. Esos sujetos están a otro nivel en todo, en poder, dinero incluso en crueldad. Cuando los pandilleros ya no estaban, el cartel tomó la 10 de octubre. De allí la urgencia de mi abuela de irse en cuanto antes.

Luego llegó esa época de la guerra contra el narcotráfico. Mamá dice que fue bastante serio. No le gusta hablar mucho de esa época del país. Se dice que hubo mucha violencia en todos lados. Sin embargo, al final el gobierno logró controlarlo.

10 de octubre de 1812; según la clase de historia, fue la fecha donde se empezaron a hacer grandes tratados de comercio entre Maglavir y el resto del mundo. Y el barrio terminó abandonado por la violencia con las casas costando lo mismo que un auto usado, pero sin nadie queriendo comprarlas. A mediados de los 90s el gobierno compró las propiedades y reformó el lugar, pero de forma leve. Luego llegaron extranjeros quienes de verdad hicieron un cambio.

Llego a mi parada. El barrio 10 de octubre. Las historias de mamá parecen muy lejanas. Aquí hay paradas de bus limpias y en buen estado. La policía patrulla el lugar, la gente pasea sus perros con tranquilidad y hay árboles en jardineras de las aceras. Las casas se ven bonitas y lo que más resalta aquí; el centro comercial. Es grande, tiene tiendas de todo.

Paso por el lugar donde mamá dice que estaba el bloque de departamentos donde ella vivía cuando tenía mi edad. Ahora hay un parque bonito. Me pregunto; ¿cómo movieron algo tan masivo como un edificio para hacer un parque? Seguramente algún incendio posterior tuvo que haber ayudado.

No vengo aquí a vender chocolate caliente, es una zona libre de vendedores. Con el fin de que no se vuelvan a las viejas mañas se terminó prohibiendo la venta ambulante. Eso porque algunos aprovechaban para vender sustancias raras con la fachada de vender comida.

Por fin llego al centro comercial. El bullicio de música pop y murmullos es lo primero que escucho. Es del tamaño de toda una manzana y tiene otra justo al lado solo para estacionamientos. Ahora están construyendo otro nivel, pues los fines de semana se llena bastante y es imposible encontrar algún lugar. Mamá suele mandarme a apartar lugar haciendo que me pare en un puesto para evitar que otro se estacione.

Aquí dentro hay 4 pisos de tiendas, restaurantes y hasta un cine. A propósito, nunca he visto que un cine tenga establecimiento propio. Todos están en algún centro comercial. En películas he visto que en USA sí los tienen. Acá lo hacen para generar centros de comercio popular.

Al entrar noto la calefacción. Es tan agradable que puedo abrir la chamarra del calentador. Solo allí noto que vine con una blusa rosada. Me sonrojo por un momento hasta que recuerdo que con suerte nadie me notará. En verdad espero que nadie note que soy un chico.

“Nadia, gusto en verte.” Como una especie de confirmación del destino o lo que sea que mueva los hilos en mi vida. Un par de chicas me vieron de lejos y en lugar de ver a un chico con coleta y blusa rosada, vieron a una chica. Más específicamente, a Nadia. Son Olga y Jenifer.

“Ho…hola chicas.” Digo en voz baja. “Me asombra verte aquí. Normalmente prefieres esconderte en casa.” Dice Olga. No permito que me vean fuera de las clases de ballet. No les he dicho en donde vivo, pero sí que prefiero quedarme en casa. Aunque si lo pienso, eso no es tanto una mentira.

“¿Qué te saco de tu guarida en un lindo día sábado?” dice Jenifer. Ella lleva una sudadera blanca, falda roja, mallas negras y tenis blancos. Olga lleva casi lo mismo, solo que en vez de usar falda lleva shorts morados, sudadera azul con estrellas y botines azules. Tan femeninas como siempre, muy lejos de cómo voy yo.

“Tenía que comprar unas cosas para la escuela. Pero mi madre no ha podido acompañarme.” Digo mirando al suelo. “Por favor, Nadia. Tenemos 13, podemos hacer eso solas.” Dice Jenifer mientras toma mi mano y empieza a llevarme con ellas. Así sin más palabras terminé uniéndome al grupo. 

“Mi madre estaba ocupada organizando las clases de la próxima semana. Nos confió en que compráramos lo que necesitáramos y pasáramos un buen rato aquí.” Dijo Olga. “¿Sigues viviendo en casa de tu tía, Jenifer?” Intento caminar a su ritmo para que no me arrastre.

Ella ríe nerviosamente. “Bueno, eso es algo complicado, pero resumámoslo en que sí.” Dice mientras gira sus ojos hacia un costado. “Sus padres están en un viaje de negocios y no tenían a nadie más con quien dejarla.” Dijo Olga. “Nos la hemos estado pasando bien todas juntas en casa.” Agrega ella.

Cuando me doy cuenta, hemos llegado a la primera tienda. Es como cualquier local de papelería junto a una escuela. Solo que más grande, con música agradable y aromatizante en el aire. Vamos directo a los cuadernos con diseño para chicas. A Olga le fascina el que tiene una ballerina en la portada, Jenifer también sonríe al verlo.

No soy de fijarme mucho en esos detalles, con algo como una pelota o la imagen de una pizarra con garabatos simples me basta. Pero ahora si quiero mantener esta fachada me veo obligado a tomar algo de esta sección.

Titubeo un poco, pero tomo un cuaderno. Es de 100 hojas a cuadros y tiene un oso de felpa sonriente y corazones en la portada. Si no fuera por los corazones dibujados con tinta rosa diría que es unisex, claramente no es el caso. “Se ve muy bonito.” Dice Jenifer. “En casa tengo un peluche igual a ese.” Dice Olga y empezamos a caminar a otra sección.

Ellas toman más cosas como carpetas de colores y hojas con bordes decorados con mariposas. Pude evitar comprarlas diciéndoles que ya tenía eso. Incluso para las chicas en mi colegio, tener algo así es visto como algo tonto, de bebés. Supongo que en el colegio donde van el ambiente es menos hostil.

Esto se confirmó cuando en lugar de esferos normales, ellas tomaron los decorados con temática de listones, corazones y hasta frases cortas como ‘Eres Super’. Mi lápiz también era tematizado. Tenía imágenes de superhéroe, pero por las burlas de mis compañeros – y en ese entonces amigos – terminé por quitarle la cubierta de plástico. Ahora me arrepiento de eso.

No tienen nada con temática de Super Bolívar, por lo visto es tan popular que todo lo suyo se agota en cuestión de horas. Que mala suerte. No es hasta que salimos que me di cuenta de que me faltó comprar un borrador. Estaba por volver cuando Olga puso su mano en mi hombro y me dio uno de los suyos. “Compré muchos. Puedes quedártelo.” Dijo al darme uno con forma de unicornio. “Gracias…” digo intentando ocultar la vergüenza.

Cuando me di cuenta, estábamos en frente a una peluquería. Ya tenía planeado recortarme un poco el cabello. Es increíble lo mucho que creció con ese champú especial que me dio mamá. Está más allá de mis hombros. Ella lo compró con una de sus amigas que vende cosméticos por catálogo.

No tengo mucho reparo en entrar, pese a mi edad, no me gusta ir a las barberías. Siempre que paso por fuera de una, dentro no hay más que gente malhumorada, olor a cigarrillo y música rap con letras horribles. Las peluquerías son un espacio más acogedor. Esta no es la excepción, si no la potencia.

Las paredes son blancas, las imágenes de peinados para damas están por todas las paredes. El olor de las secadoras no es tan fuerte como en otras, si no el aromatizante de vainilla. La zona de espera era un sofá rojo con botones dorados. Hay varias revistas de moda, chismes y peinados en las mesitas a los costados.

Les comenté a las chicas que quería un recorte simple, pero insistieron en que debía probar algo nuevo, incluso ofreciendo pagar por ello. En verdad quería negarme, pero Olga puso sus manos en mis hombros e hizo que me sentara en un sillón extraño en cuanto se desocupó. Era de cuero negro, acolchado y tenía una especie de lavador junto a la cabecera.

Olga le murmuró algo a la peluquera y ella asintió. Se me acercó para ponerme el delantal usual y llenar con agua el lavador. “Deshazte la cola de caballo y ponte cómoda.” Dice mientras sacaba unas botellas del gabinete del sillón. Lo hago justo a tiempo. Ella empezó a lavar mi cabello. Fue bastante agradable, el agua tibia, el masaje con champú de buen olor.

Me puse demasiado cómodo, mis párpados se sintieron un poco pesados. Los forzaba abrirse cuando notaba que se cerraban por mucho tiempo. Por aburrimiento, intentó ver a mi lado izquierdo. Allí estaba Olga en un sillón similar con el mismo tratamiento. “Por favor, queda quiera.” Me pide la chica en tono amigable, por lo que corrijo mi postura.

Sin poder moverme mucho y con esto tomando un poco más de tiempo del que esperaba, dejé que mis ojos se cerraran. Me di cuenta de que me había dormido cuando abrí mis ojos y estaba en la silla de estilista. El sonido de la secadora y el olor a plancha de cabello fue lo que me trajo de vuelta. La peluquera se movió y pude ver mi reflejo en el amplio espejo con marco dorado.

Casi me infarto al ver que me habían ondulado el cabello. “Tranquila, casi acabo.” Dijo la chica que me atendía. “Fue bastante fácil trabajar con tu cabello mientras dormías.” Agregó. “Es un permanente.” Olga comentó de forma repentina, haciendo que me sobresaltara. No la vi acercarse.

Ella ya tenía uno igual con su cabello que le llegaba hasta media espalda. “No es permanente realmente, pero así te va a durar más tiempo.” La sonrisa en su rostro y en el de Jenifer casi me hacen olvidar lo difícil que será explicar esto en la escuela. Mamá seguramente lloraría de ternura. Pero en el colegio seguramente me dirán cosas como ‘Ricitos de Cobre’ o algo así.

A la peluquera no le toma más tiempo terminar. “Estás lista.” Es lo que dice mientras me quita el delantal. “Muchas gracias. Me quedó genial.” Es lo que les digo. No puedo dejar de tocar mi cabello, antes se sentía como…cabello. Ahora se siente más esponjoso y suave.

Lo que sí me sorprende es el precio; 800 maygels (20 dólares) no sé porque tenía la sensación de que sería mucho más costoso, pero sigue siendo costoso. Normalmente no pago más de 200 maygels (5 dólares) por un corte normal. Comprendo por qué, los cortes y peinados femeninos son más complicados que los de varón. Ahora que me doy cuenta, esos son un poco simples…y aburridos.

Como prometió, Olga pagó por las dos. Jenifer solo se lo recortó un poco. Luce casi igual que antes. Me dijeron que no me pusiera la gorra por un tiempo para no arruinar el peinado, la puse en la bolsa de lo que había comprado en la papelería. Entonces, no puedo dejar de tocar mi nuevo cabello.

Estaba tan distraído viendo mi peinado en los reflejos de las vitrinas de las tiendas que no me di cuenta hacía donde íbamos. Cuando vi que las chicas se detenían noté que estábamos frente a una tienda de helados. Como no usé el dinero para un corte de cabello estándar, lo usé para invitarlas a ellas a unos helados de cono. Es mi forma de agradecérselos por el peinado. Siendo sincero, es muy lindo verlo, aún más tenerlo.

Este local llamado ‘Heaven Cream’ tiene de todo. Desde una gran variedad de sabores, una ambientación como la de cafeterías antiguas hasta camareras que se mueven en patines trayendo los pedidos. Lo mejor es que son conos baratos. Por eso siempre hay clientes. Nos sentamos en las mesas que son un poco altas. Olga pidió mora, Jenifer de fresa y yo uno de chicle.

Algo que he notado ahora es que las chicas suelen cruzar sus piernas colocando la derecha sobre la izquierda. He visto a otros hombres cruzar las piernas también. Incluso yo empecé a hacerlo para mezclarme más, hasta que noté que al igual que otros hombres, lo hacía casi inconscientemente usando la izquierda sobre la derecha. Ahora intento corregirlo, es un recordatorio mental que siempre aparece al sentarme.

Allí empezaron a hablar sobre las clases de ballet, sobre como estábamos cerca al momento de practicar para el recital navideño y que para ello Madame Melody elegirá a las participantes que estarán bajo los reflectores Eso es tanto algo fascinante como algo aterrador.

Ya de por si estar vestido de niña junto a una docena de chicas que practican ballet todas las tardes los martes y jueves es algo que me acelera el pulso, la idea de hacerlo con un público de cientos es aún peor. O al menos lo era. Ya no tengo tantos nervios de que descubran que soy un chico. Luzco y sueno como una niña. Podría fácilmente ir al recital y nadie pensaría por un segundo que a quien ven es un chico disfrazado.

Es algo más extraño, no puedo describirlo. Creo que es porque sería comprometerme demasiado. Tal vez mamá se sienta satisfecha con Nadia después del recital y me deje volver a ser Nathan normalmente, tal vez no, pero no es el problema. Los demás probablemente se pregunten; ¿Qué pasó con la chica que iba a clases de ballet y hasta salió en el recital?

Me quedé viendo a Olga y Jenifer. Ellas comen alegremente sus helados de cono, dando muchas cosas por sentado y sin ninguna otra cosa por la cual preocuparse. En cambio, yo… no sé qué pasará después de las clases de ballet. Antes solo quería olvidarlo y dejarlo de lado, ahora creo que no solo no podré olvidarlo, las demás tampoco.

Suspiro y me quedo viendo a la nada, mucho que procesar. De repente siento una cosa fría bajar por mi pecho. Al mirar hacia abajo veo que la bola de mi helado se me ha caído encima por no sujetarlo bien. “No puede ser.” Se siente más frío de lo que sabe.

Jenifer deja su helado en la porta conos que hay en el centro de la mesa y se acerca rápidamente con servilletas para tratar de limpiarme, pero solo lo embarra más. “Sería mejor si quitas el helado primero.” Regaña Olga mientras toma más servilletas y me lo retira, pero ya es tarde. Más de la mitad se ha derretido y ha empezado a filtrarse a mis pantalones. Lo peor es que como tenía la chamarra abierta, la blusa rosada se ha manchado bastante. Debe ser por el colorante porque hasta en el terno calentador – que es de color negro – sobresale el azul.

“Se siente pegajoso.” Digo con incomodidad mientras retiro lo que queda de helado de la blusa. “Se sentirá peor en el frío de afuera.” Dice Olga preocupada. “No importa. Estaré bien.” Tiro las servilletas manchadas al bote de la basura. “Mala forma de terminar un helado.” Intento cerrarme la chamarra, pero se siente aún peor.

Olga y Jennifer me dan una parte de sus helados, formando una bola pequeña que se hunde en mi cono que aún estaba intacto. “Muchas gracias, chicas.” Sonrío levemente. Aún con incomodidad, termino mi nuevo e improvisado helado mientras me sugieren que esté más atenta esta vez. “Por suerte no te cayó en el cabello.” Comenta Jenifer. “Ni que lo digas.” Suspiró con cierto alivio. Ellas siguen hablando de ballet, pero yo no estoy con mucho entusiasmo.

Al pagar, saco uno de los billetes de mi bolsillo, dándome cuenta de que el colorante se había filtrado un poco hasta allí. Afortunadamente la cajera lo deja pasar. Son 240 maygels (6 dólares) por los tres helados.

“Tal vez una muda de ropa sería lo mejor.” Dice Jenifer cuando salimos al amplio pasillo. “Lo dudo, no tengo más ropa y tampoco mucho dinero.” Respondo, intentando buscar una forma para ya despedirme. “Ya sé.” Dice Olga. “Aquí hay una tienda de ropa de segunda mano. Tiene ropa muy buena y bonita a bajo precio.” Señala con su pulgar hacia las gradas eléctricas. “Es perfecta, si no te molesta usar lo de alguien más, claro.” Dice mientras le da un codazo a Jenifer, lo que hace que se sonroje.

La verdad es que no quería, pero cuando me doy cuenta ya me están arrastrando de la muñeca hasta allí. Incluso me ayudaron a no tropezar al subir a las gradas. Bueno, ya necesitaba un poco de ropa nueva de todas formas.

No nos tomó mucho hasta que llegamos. Es como una tienda de ropa normal. Solo con más pilas de ropa organizadas por montones y con etiquetas de precio muy bajas. Fue por eso que me convencieron. La ropa buena, bonita y barata siempre es bienvenida.

“Este lugar debe ser nuevo. No estaba la última vez que vine.” Digo mientras caminamos por los pasillos, hay mucha gente por aquí rebuscando entre los cajones llenos de ropa. “Si mal no estoy. Aquí había una boutique de ropa de marca.” Es verdad. Lo recuerdo. Mamá y yo sólo podíamos mirar desde las vitrinas de fuera, casi me desmayé una vez por ver su sueldo en la etiqueta de precio en un solo conjunto simple.

“Ese negocio quebró, pero son los mismos dueños.” Dice Jenifer. Me doy cuenta de la señora que pasa junto a nosotras con un carrito de ropa que deja en otras cajas. Lleva ropa sencilla, una camisa y unos jeans. Eso está alejado del traje con tacones que usaba antes. Pasar del estilo fino a uno simple no es una mejora, pero al menos aún tiene un negocio.

Intento encontrar un atuendo simple. Un pantalón y una sudadera. Incluso con diseño femenino me bastaría. Pero nuevamente Olga y Jenifer parecen tener otros planes. “Nadia, mira esto.” Exclama Olga al encontrar una sudadera celeste con blanco. No está nada mal. El precio es tentador. Solo 200 maygels (5 dólares)

Me pongo a buscar algo más, esta vez algo más masculino. Unos pantalones de mezclilla son lo primero que veo, pero otro chico los toma frente a mí y se los lleva. No le di mucha importancia, pues estaban en una caja llena de pantalones. Pero mientras buscaba otro par, me di cuenta de que todo era una o dos tallas más grandes o más pequeñas que yo.

“Nadia, mira esto.” Jenifer me llama desde el otro lado del pasillo. Puedo ver que sostiene un par de mallas grises de algodón y una falda larga blanca. Mientras pienso en una excusa para decir que no, ella viene corriendo hacia mí con la ropa ondeando en el aire. Me sorprende lo baratas que son, solo son 240 maygels (6 dólares) por las dos.

Paso mi mano sobre ellas por curiosidad; son suaves, están limpias, no huelen mal. Ninguna prenda trae etiqueta de marca y tienen leves signos de desgaste en la pintura de las cremalleras y botones. Aun así, es una ganga por su precio.

“Gracias, Jenni, pero creo que iré por otro estilo.” Digo al buscar en otra caja y finalmente encontrar unos pantalones de mi talla. “¿No se ven un poco masculinos?” Jenifer está un tanto extrañada. “Puedo modificarlos luego si no me gusta como son ahora.” Me excuso. “Oh, mamá es buena en eso. Siempre que puede, nos enseña a Jenifer y a mí a transformar prendas para darles una segunda vida.” dice Olga con emoción.

Asiento en silencio y voy al probador a cambiarme, pues la sensación del helado ya comienza a incomodarme demasiado. Los cubículos están al fondo de la tienda, son un poco pequeños, como el espacio de dos escritorios escolares y el alto de una puerta. Tiene un espejo grande al fondo y una puerta con seguro sencillo.

Es allí que me doy cuenta de un detalle terrible. Veo la etiqueta de precio de los pantalones. Cuestan 600 maygels (15 dólares) y eso se sale de mi presupuesto. Eso es malo. Saco mi cabeza del probador, intentando preguntarles a las chicas si podrían prestarme un poco de dinero para los pantalones. Encuentro a Olga tomando cada prenda que encuentra en las estanterías y mostrándoselas a Jenifer, asegurándole que le quedarían geniales.

“¿Necesitas algo?” pregunta Olga. Su prima también se revira. Lleva algunas prendas en el brazo, como si ya las hubiera apartado. La idea de pedirles dinero se va al trastero. Ellas también lucen emocionadas por comprarse ropa y si les pido dinero tal vez no puedan llevarse algo que quieran.

“Es que…” titubeo. “¿Podrían dejarme ver la falda y las mallas de nuevo?” escupo finalmente, por suerte me salió como una sugerencia y no una súplica. Ambas no pueden sonreír más. Y bueno, así es como estoy aquí de nuevo, sosteniendo un conjunto femenino del cual no tengo otra opción que usar.

Las mallas son gruesas, adecuadas para el frío. La tela de la falda también lo es. No es mezclilla, es similar a la textura de la tela del uniforme escolar, pero aún más gruesa. La falda me llega más abajo de las rodillas, las mallas grises se notan, la sudadera rosa con blanco cae debajo de la cintura, cubriendo el cierre y los botones traseros de la falda, también una hebilla falsa que hay en el frente. Es un doble círculo, tal vez es el logo de la marca.

No voy a mentir, me veo genial pese a que las mallas grises desentonan un poco. Tal vez buscar unas de otro color sean lo ideal, pero ya tengo mallas blancas y negras en casa. ¿Para qué quiero otro par del mismo color cuando puedo tener variedad?… espera… ¿Por qué quiero tener variedad de mallas? Estos nuevos pensamientos son un poco extraños.

Salgo del probador, Jenifer también lo hace, lleva un vestido de mezclilla rosa. Olga solo lleva una bufanda y un sombrero. “Te ves muy bonita, Nadia.” Dice Jenifer mirándome de pies a cabeza. Me sonrojo un poco. “Gracias… tú también te ves bonita.” Le devuelvo el cumplido, todavía no sé cómo responder a estas cosas adecuadamente.

La falda tiene bolsillos con solapa. El botón que lo bloquea tiene centro perlado y circunferencia adornada con cristales. Puedo meter mis manos hasta el dorso. Paso todas mis cosas de los pantalones a estos bolsillos, se llenan rápido. Por fortuna la sudadera también tiene bolsillos. Son más amplios, no tendré que llevar mi teléfono en la mano. Ahora que me doy cuenta; Olga y Jenifer han estado llevando sus teléfonos en la mano. Vaya, otro detalle del mundo femenino.

“Oye… ¿no tienes cartera?” Jenifer me mira con curiosidad. “Tengo un bolso, pero no lo traje.” Contesto mientras cierro la solapa de los bolsillos. “Aquí hay carteras bonitas y super baratas.” Olga señala un rincón de la tienda. “No lo sé. No creo que lo necesite y me queda muy poco presupuesto.” Contesto mientras toco el bolsillo donde puse el dinero. “No hace daño dar un vistazo por si quieres volver después.” Lo pienso por unos segundos. “Incluso la puedes llevar dentro de tu bolso para una mejor organización.” Olga finalmente me convence.

Vamos juntas hasta esa esquina. Hay un montón de billeteras, carteras y hasta bolsos formados en filas sobre unas mesas. Tenía razón, son muy baratas. Las carteras están desde 100 maygels (2.50 dólares) hasta 280 maygels (7 dólares) Los bolsos son más costosos. El más barato es de 400 maygels (10 dólares) hasta 1000 maygels (25 dólares)

“Algunas son réplicas, pero otras sí son de calidad.” Olga me muestra dos carteras. Una de un celeste descolorido, con las esquinas blancas. Se ve magullada. En la otra mano hay otra, también celeste, pero esta brilla más. Tiene diseño de rombos y se ve en buen estado. La tomo con cuidado para examinarla. Tiene el mismo logo de mi nueva falda… vaya… es raro que trate la ropa femenina de ‘mía’. Como sea. Tiene un monedero integrado, una sección para billetes y varias ranuras para tarjetas. Los bordes de las ranuras están cubiertos por tela blanca. El metal del pestillo del monedero y el logo también son de color blanco.

“Creo que me llevaré esta.” Tomó la cartera de la derecha. Está a solo 140 maygels (3.50 dólares) me queda justo lo suficiente para pagar el autobús de regreso a casa. Vale la pena. El celeste es casi azul, un color de niño. El diseño es femenino, pero seguramente los idiotas de mis compañeros no lo notarán.

Las tres vamos a la caja y pagamos por nuestra nueva ropa. La cajera nos da fundas de plástico simples donde ponemos la ropa vieja. “Como se nota el cambio de directiva.” Noto que las fundas ni siquiera tienen el logo de la tienda, son solo fundas blancas.

Vamos a los casilleros donde dejamos las fundas de nuestras otras compras. Allí vacié mis bolsillos y coloqué todo en mi nueva cartera. Todo cupo sin problemas y ahora se siente más pesada. Es casi satisfactorio ver la exactitud con la que cabe en el bolsillo de mi nueva falda.

Las chicas me sonríen como si dijeran “Bien hecho.” Yo también esbozo una pequeña sonrisa.

Ya estoy acostumbrado en ir y venir con el traje de ballet en público. Pero es porque suele ir debajo de ropa común. Ahora estoy usando una falda y mallas en público – por no hablar de mi nuevo peinado bonito y femenino que me durará por un tiempo – no puedo evitar que mi corazón se acelere un poco.

Levanto la mirada del suelo, frente a mi pasan muchas personas. Solitarias o en grupos, se ríen y conversan entre ellas. Se reviran solo para verme directo a los ojos, eso me paraliza, aunque sé que es para ver por donde caminan y no tropezar conmigo. Hay mucha gente aquí, pero definitivamente, ninguna está viendo a Nathan, sino a Nadia.

“Vamos, no te quedes atrás.” Jenifer vuelve a tomarme de la muñeca, guiándome entre la multitud. Olga compra una cubeta de canguil con salchichas picadas en un puesto del patio de comidas y nos sentamos a disfrutar. “Siempre es bueno algo salado después de algo dulce.” Dice ella. “Y viceversa.” Agrega Jenifer. Yo solo asiento y empiezo a picar junto a ellas.

“Oye Nadia, si sales elegida para el recital. Le callarías la boca a Lizbeth.” Dice Jenifer antes de tomar un puñado de canguil. “¿Por qué?” pregunto sin entrar del todo a la conversación. “Ella ha estado hablando mal de ti.” Dice aún con la boca llena. Por un momento que quedo totalmente inmóvil, demasiado. Estoy estático como un maniquí por unos segundos, lo suficiente como para que ellas lo noten.

“¿Por qué ella haría eso?” estoy esforzándome para no tartamudear. En verdad deseo que ella no se haya dado cuenta de nada. “Creo que te tiene envidia.” Dice Olga. “Mamá te suele felicitar por tu desempeño, mientras que a ella… ella es muy torpe.” agrega antes de comer otro puñado de canguil con salchichas.

“Todas son muy hábiles. Muchas más que yo. ¿Por qué se enfoca en mí y no en ustedes?” pienso en voz alta. Olga puede notar el vértigo en mis palabras. “Algunas chicas son así. Creen tener razones para meterse contigo cuando simplemente les caíste mal en el momento y lugar equivocado.” Me explica con calma.

“Solo habla por hablar. No puede hacer otra cosa en realidad.” Jenifer se suma. “En caso de retarte a algo, seguramente se tropieza antes de llegar a la pista.” Ambas estallan entre risitas. Yo también me rio, pero de los nervios.

Sea como sea, no me agrada tener conflictos con una chica en el ballet. Ya tengo suficiente con los idiotas de mi colegio como para tener problemas en el lugar donde me estoy sintiendo más seguro. “¿Siempre habla a mis espaldas? ¿cómo lo saben?” Necesito saber más detalles de eso.

“Lo hace en nuestras reuniones de después de clases. A esas a las que no vas porque te gusta correr a casa.” Dice Jenifer, haciéndome dar cuenta de todo. “Oh, esas reuniones.” Empiezo a recordarlas. Entre las chicas del ballet suelen irse a comer al parque después de clases. Nunca me sumaba porque aún moría de vergüenza de ser Nadia en público, pero ahora eso ya no es un problema.

“Entonces solo se mete conmigo porque es fácil hablar mal de mi si nunca estoy.” Concluyo, un poco aliviado. “Nosotras le decimos que cierre la boca, pero eso pareció aumentar sus ganas por hablar mal de ti.” Me quedo sin palabras. “Eso es muy considerado de su parte.” Estoy conmovido… ellas en verdad se preocupan por mí. “Es lo que hacen las amigas.” No puedo evitar sonrojarme de nuevo.

Ahora estoy seguro. Ellas dos son mis mejores amigas... y Lizbeth… ella es solo una típica acosadora escolar. Aun una molestia, pero no de la que me aterra. “Que diga lo que quiera, no me importa.” Eso les agradó a Jenifer y Olga, incluso me aplaudieron. Charlamos un poco más, incluso después de terminarnos el canguil con salchichas.

Seguimos charlando lo mucho que disfrutaríamos que Lizbeth no llegase al recital mientras salimos del centro comercial. Luego ellas me dieron un abrazo de despedida antes de que subieran a su autobús. “Nos vemos el martes.” Exclama Jenifer. Agito mi mano mientras las veo alejarse, luego me siento a esperar el mío mientras.

Cruzo mis piernas, la derecha sobre la izquierda. Doy una risita claramente audible mientras juego con un mechón de mi nuevo cabello ondulado y recuerdo todo lo que ha pasado este día. Este día en el centro comercial ha sido completamente fascinante.

Veo que llega mi bus. La línea 12, es la que va desde el centro comercial hasta mi barrio sin muchas demoras. Saco mi cartera nueva, abro el monedero y pago los 15 maygels del pasaje (aproximadamente 38 centavos de dólar) Me siento justo en el medio, donde puedo pasar más desapercibido. Como apenas es medio día, el paisaje por la ventana aun es agradable. El bosque de la periferia de la ciudad es muy bonito.

Antes de darme cuenta, estoy en mi vecindario. Por fortuna estaba sin muchos mirones en la calle. Aun así, me escabullí por el sendero de atrás de las casas. Mamá dice que antes la salida para autos estaba por aquí. Todos los garajes tenían la puerta hacia el patio trasero, pero la gente los modificó para sacarlos por enfrente y ahora es un sendero muy solitario.

Allí es cuando noto de nuevo el movimiento de la falda, ya he usado otras, pero esta es más larga. Caminar con falda es toda una experiencia. Puedes sentir su tintineo, el roce de la tela suave y el frío del calor de forma diferente que con pantalones. Francamente se siente mejor.

Aprovecho que nadie mira para dar una vuelta sobre mi mismo. La falda se arremolina con el aire. Es algo que se siente muy genial, entiendo por qué a las chicas le gusta mucho hacerlo. Como ahora se mucho de ballet, puedo dar giros perfectos sin marearme.

El candado en la puerta del jardín es grueso, rechinó mucho al abrirse. Finalmente estoy en casa, siento un gran alivio invadiéndome. Camino por el pequeño patio, la mayoría de los vecinos tienen los suyos como una bodega de cosas viejas al aire libre. Nosotros no.

“Ya volví.” Grité al entrar para dejar en claro que quien entraba no era un ladrón. “¿Por qué entras por el patio trasero?” pregunta mamá desde la sala. Mamá se asoma por el pasillo y me ve con mi nueva ropa y nuevo peinado. Se queda estática por unos segundos, eso es extraño.

“Compré todo lo que necesitaba.” Digo para romper el silencio. Entonces ella chilla y corre para abrazarme. “Te vez hermosa.” Dice, apretándome. Se ve muy emocionada. Tal vez demasiado. “Gracias…mamá.” Es lo que respondo.

Ella corre hacia la sala y saca la cámara de uno de los cajones del mueble de las fotos. Se lo que debo hacer. Ella me abraza por detrás mientras el temporizador de la cámara se agota, el flash invade la sala. Hacemos un par de poses mientras otros flashes se disparan. La felicidad de mamá ante esto es lo que hace que valga la pena ser Nadia.

 

Continuará...

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lunes, 4 de agosto de 2025

EN SU MANIQUÍ - HISTORIA TG


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Escrita por: “Irene Naridza”

IMAGEN IA HECHA POR HOTPOT: https://hotpot.ai/art-generator

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-- Escrito por “Irene Naridza”

Randall era un chico de 25 años bastante pervertido. Al ser una zona rural, había menos capacidad adquisitiva para personas y entidades. Esto se traducía en muchas cosas y entre ellas estaba que había pocas cámaras de seguridad.

Siempre al terminar su trabajo en un centro de atención al cliente, se dirigía al centro comercial local donde le gustaba arrimarse a los maniquíes femeninos que estuvieran solitarios en algún rincón. A veces solo, a veces con amigos, pero siempre persistente. Como era un patán, eso era lo más cerca que estaría de tener contacto femenino.

Había sido descubierto más de una vez con las manos en el plástico, siempre dejando confundidos a los que lo veían. Sin embargo, estos no le daban mucha importancia. “Compra un maniquí y haz esas cosas en tu casa.” Le dijo una vez el guardia anterior, haciendo caso omiso a la propietaria del maniquí quien le pedía que sacara a Randall del centro comercial.

Todo cambió un día. Randall se frotó contra uno de los maniquíes como de costumbre. Verlo en una esquina tan solitaria y casi oculta lo atrajo. Sin embargo, un repentino y pequeño piquete en su cuello hizo que todo se volviera negro de un momento a otro.

Cuando se despertó, estaba en lo que parecía un almacén. No tenía ventanas, sólo lámparas con luces tenues. Había estanterías llenas de cajas con ropa y otras más con piezas de maniquíes. Lo que a Randall puso nervioso fue notar que estaba sobre una mesa y no podía moverse.

Después de varios minutos donde intentó inútilmente moverse o gritar, escuchó que una puerta pesada se abría y un repiqueteo de tacones se acercaba. Cuando la figura estuvo en su campo de visión, la reconoció rápidamente como la dueña y gerente de la tienda de ropa a la que pertenecía el maniquí.

“No sabes lo harta que estoy de que siempre hagas tus cochinadas con mis maniquíes.” Dijo ella mientras se acercaba a una de las estanterías y tomaba una de las cajas. “No sabes lo repugnante que es tener que encontrarlas manchadas y apestando… pero creo que pronto lo harás.” Agregó con una sonrisa maliciosa.

“Estuve hablando con la nueva directora y personal de seguridad del centro comercial. Todas acordamos que tu actitud es extremadamente reprochable y que no tiene cabida en este lugar, pero dejarte ir así por así, sería injusto.” Ella sacó un par de mallas de nylon de la caja y comenzó a ponérselas a Randall, quien seguía paralizado.

“Es por eso que decidimos que, para que entendieras lo ruin que son los manoseos, incluso si se trata de un maniquí, estés en su lugar.” Dijo al ajustar las mallas en la cintura de Randall. “El día de hoy serás un maniquí por todo el día.” Dijo con una sonrisa antes de sacar más pares de mallas con los que fue envolviendo todo el cuerpo del pervertido.

Luego comenzó a colocar placas de plástico que cubrían sus extremidades. Ella utilizó un tipo de cera caliente para sellar los bordes, ajustando las piezas al cuerpo de Randall. “Estas tienen varillas de metal, por lo que estarás forzado a estar de pie.” Dijo la mujer mientras seguía vertiendo la cera y sellando la carcasa de plástico que cubría al pervertido. Él podía oler el olor a plástico quemado en el aire y sentir el calor cerca de su piel.

La mujer volvió a alejarse y buscó entre las repisas por un momento. Volvió con una caja de la cual sacó lo que parecía una cabeza de muñeca grande. Sin decir nada la abrió y se la colocó a Randall. Pronto su visión se vio aún más reducida, viendo difícilmente lo que ocurría solo a través de lentillas opacas.


El calor y el olor a plástico fue un poco más insoportable en ese punto. Escuchó entonces como otras dos mujeres entraron al almacén. Sus palabras fueron inaudibles por el capullo de plástico que cubría su cabeza.

Entre risitas y burlas empezaron a vestirlo. Movían sus extremidades envueltas en plástico sólido para poder hacerlo apropiadamente. Luego de un momento. Lo levantaron y pusieron en un carrito de transporte. Sólo allí pudo verse en un espejo.

Llevaba una peluca rubia, una blusa, minifalda y tacones rosados. Lo llevaron hasta la parte lateral de la tienda donde entre las tres lo bajaron y colocaron con dudado sobre una base de metal. Por último, fue una cartera que la gerente forzó en su mano enguantada de plástico.

“Serás perfecta para promocionar la talla grande.” Dijo ella mirándolo de arriba abajo. “Oh, y no te preocupes por ir al baño. Te colocamos un pañal.” Agregó ella antes de salir de su campo de visión. No importó lo que Randall hiciera, no podía moverse ni un centímetro o emitir ni un murmullo. Su cuerpo estaba petrificado y su garganta entumecida. Incluso su respiración era tan lenta que apenas él la notaba.

La música pop inundó el ambiente cuando el centro comercial abrió finalmente a las 09:00 de la mañana. Cualquier intento por pedir ayuda se vio frustrado al recordar que era martes y que no habría mucha gente. Aunque era inútil de todas formas.

Vio un par de personas pasar. La mayoría eran chicas las que se quedaban viéndolo. No porque notaran que era un pervertido atrapado en un maniquí, si no que les gustaba el atuendo. Algunas incluso entraban al local para comprar un ejemplar de su talla.


Era pasado el mediodía cuando en medio del dolor en sus pies por la postura que forzaban los tacones, que olió un hedor familiar. La mezcla entre cerveza y sudor. La voz era inconfundible. Era uno de sus amigos de juerga. Lo siguiente que reconoció fue el nauseabundo aliento, con restos de alcohol y chile de la comida de camión.

Randall sintió como su amigo se apegaba y comenzaba a frotarse contra la parte de atrás del maniquí o más bien, SU parte de atrás. Metió su mano bajo la blusa y empezó a apretar los senos. Aunque debería ser una carcasa sólida, el plástico que lo cubría no hacía nada para evitar que sintiera todos esos toques y calor de su amigo.

“(¡Para YÁ, IDIOTA!)” era lo que quería gritar, pero ni su mandíbula ni cuerdas vocales le respondían. Pese a lo opaco que veía por las lentillas, vio que la gerente se acercaba por una de las puertas del local. Randall tuvo la esperanza de que ella ahuyentara al sujeto asqueroso. Pero ella solo se quedó viendo. La sonrisa de satisfacción podía ser distinguida incluso con una venda.

Esa era una esquina no muy transitada después de todo. nadie vería al sujeto acosar a un maniquí y peor aún para Randall. Este no notaría que quien estaba dentro era una persona, su amigo.

YA EN LA NOCHE.

“Espero que eso te haya servido de lección.” Dijo la gerente mientras terminaba de retirar el recubrimiento de plástico del maniquí. Los relajantes musculares comenzaban a perder efecto. La guardia de seguridad también estaba allí para evitar que Randall hiciera algo agresivo.

“Bien, ahora. Ya sabes lo que pasará si volvemos a verte toqueteando uno de mis maniquíes de nuevo.” Dijo la gerente al tirarle una bolsa con su ropa. Randall apenas se movía. Estaba muy callado. “Date prisa. Ya quiero volver a casa.” Dijo la farmacóloga local. Randall, aún envuelto en nylon, se sentó en la mesa abrazando sus piernas.

“Vamos, no es para tanto.” Dijo la gerente. “Pasamos por eso todos los días al tomar el bus.” Dijo al verlo tan emocional. Eso no mejoró nada. Randall había roto a llorar en voz baja. No podía sacar la experiencia de la mañana de su cabeza.

Las mujeres entonces reconocieron esa forma de llorar, ese desconsuelo de haber sido ultrajado sin poder hacer nada al respecto. La gerente se compadeció de él y puso una mano en su hombro. “Ya pasó, ya pasó. Ya todo está bien.” Dijo con voz suave, intentando consolarlo.


FIN

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IN HER MANNEQUIN - TG STORY

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Written by: “Irene Naridza”

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Randall was a 25-year-old guy and quite the pervert. Being in a rural area, there was less purchasing power for people and businesses alike. This translated into many things, one of them being the lack of security cameras.

After finishing his shift at a customer service center, he would always head to the local mall, where he enjoyed rubbing up against the female mannequins he found alone in some corner. Sometimes alone, sometimes with friends, but always persistent. Being such a creep, that was the closest he’d ever get to female contact.

He had been caught more than once white handed, always leaving people who saw him confused. However, no one seemed to care much. “Buy your own mannequin and do that stuff at home.” one former security guard once told him, ignoring the shop owner who had asked for Randall to be banned from the mall.

Everything changed one day. Randall rubbed himself against a mannequin as usual. It was placed in such a quiet, hidden corner that it pulled him in. But a sudden, sharp prick on his neck made everything go black in an instant.

When he woke up, he was in what seemed to be a storage room. No windows, only dim lights. Shelves were filled with boxes of clothes and mannequin parts. What made Randall nervous was realizing he was lying on a table and couldn’t move.

After several minutes of trying uselessly to move or scream, he heard a heavy door opening and the clack of high heels approaching. When the figure came into view, he quickly recognized her as the owner and manager of the boutique to which the mannequin belonged.

“You have no idea how sick I am of you doing your disgusting things to my mannequins.” she said as she walked over to one of the shelves and pulled out a box. “You have no idea how repulsive it is to find them stained and reeking… but I think you’ll understand soon enough.” she added with a malicious smile.

“I talked it over with the new mall director and the security staff. We all agree that your behavior is completely unacceptable and has no place here. But just banning you wouldn’t be fair.” She pulled out a pair of nylon tights and began putting them on Randall, who still couldn’t move.

“That’s why we decided that, in order for you to understand just how vile groping is —even if it’s a mannequin— you’ll take its place.” She adjusted the tights at his waist. “Today, you’ll be a mannequin for the entire day.” she said with a smile before pulling out more pairs of tights and wrapping Randall’s entire body.

Then she began attaching plastic plates over his limbs. She used some kind of hot wax to seal the edges, locking the pieces to Randall’s body. “These have metal rods, so you’ll be forced to stand up.” she said as she kept pouring wax and sealing the plastic shell encasing him. Randall could smell the burning plastic in the air and feel the heat close to his skin.

She walked away again and searched the shelves for a moment. She returned with a box that held what looked like a large doll’s head. Without a word, she opened it and placed it over Randall’s head. His vision became even more limited, barely able to see through the foggy lenses.




The heat and plastic fumes became almost unbearable. Then he heard two other women enter the storage room. Their words were muffled by the plastic cocoon around his head.

Amid giggles and teasing, they began dressing him. They moved his plastic-wrapped limbs to get the clothes on properly. After a moment, they lifted him and placed him on a transport cart. Only then did he catch a glimpse of himself in a mirror.

He wore a blonde wig, a blouse, a mini skirt, and pink high heels. They wheeled him to the side of the store, where the three women carefully mounted him onto a metal base. Lastly, the manager forced a purse into his plastic-gloved hand.

“You’ll be perfect for promoting the plus-size section.” she said, eyeing him up and down. “Oh, and don’t worry about using the bathroom. We put a diaper on you.” she added before walking out of sight. No matter what Randall did, he couldn’t move an inch or make a sound. His body was petrified, his throat numb. Even his breathing was so slow he barely noticed it.

Pop music flooded the store as the mall finally opened at 9:00 a.m. Any attempt to cry for help was pointless. It was Tuesday, and there wouldn’t be many people. Not that it would help anyway.

He saw a few people pass by. Most of the ones who stopped to look were girls, and not because they realized there was a person trapped inside a mannequin, but because they liked the outfit. Some even went into the store to buy the same one in their size.


It was past noon, and amid the pain in his feet from the forced posture of the heels, he caught a familiar stench. The mix of beer and sweat. The voice was unmistakable. It was one of his drinking buddies. What came next was the nauseating breath reeking of alcohol and chili from a food truck meal.

Randall felt his friend pressing up and rubbing against the back of the mannequin. Or rather, his back. The man slipped his hand under the blouse and started squeezing the plastic breasts. Though it was supposed to be a solid shell, the plastic did nothing to stop Randall from feeling every touch, every bit of heat from his friend.

(“STOP IT, YOU IDIOT!”) is what he wanted to scream, but neither his jaw nor vocal cords responded. Through the blurry lenses, he saw the store manager approaching from one of the doors. Randall had hoped she’d chase the disgusting guy off. But she just stood there, watching. Her satisfied smile was visible even through a blindfold.

It was a quiet corner, after all. No one would see a guy groping a mannequin. Worse for Randall. His friend had no idea there was a real person inside.

LATER THAT NIGHT

“I hope that taught you a lesson.” said the manager as she finished removing the plastic casing from the mannequin. The muscle relaxants were starting to wear off. The security guard was also there to prevent Randall from doing anything aggressive.

“Well then. Now you know what’ll happen if we catch you touching any of my mannequins again.” the manager said, tossing him a bag with his clothes. Randall barely moved. He was completely silent.

“Hurry up. I want to go home.” said the local pharmacist. Randall, still wrapped in nylon, sat on the table hugging his legs.

“Oh, come on, it’s not that bad.” the manager said. “We go through that every day just taking the bus.” she added when she saw how shaken he was. That didn’t help. Randall had begun to cry softly. He couldn’t get the morning’s experience out of his head.

The women then recognized that kind of crying. That despair of being violated and completely helpless. The manager felt a pang of pity and placed a hand on his shoulder. “There, there. It’s okay now.” she said gently, trying to comfort him.

 

THE END

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UNA MEJOR LETRA - HISTORIA TG

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