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Escrita por: “Irene Naridza”
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– Bienvenido de vuelta a casa, Stephen. – dijo mamá mientras me abrazaba. – Debes estar cansado del viaje, ve a descansar, te avisaremos cuando esté lista la cena. – dijo mi padre mientras me daba una palmadita en el hombro.
Subí con pasos pesados hasta mi habitación. Abrí la puerta con un suave empujón. Antes, allí había una cama litera negra, paredes verdes llenas de posters de bandas rock, autos y guerreros espaciales. Mi armario rebosaba de ropa ruda y en mi escritorio estaba mi computador junto a latas de soda o energizantes.
Así lucía todo cuando era adolescente, aquel tiempo ya había pasado hace mucho. Ahora, en esa habitación había paredes celestes, una cama sencilla con sábanas rosas, un armario con una falda olvidada, un escritorio vacío y un tocador sencillo.
Me tumbo en la cama, es tan suave como la recuerdo de estos últimos años.
Todo este dilema empezó porque tuve un mal rendimiento en el examen de admisión a las universidades públicas. En lugar de la universidad que hay cerca de casa, me dieron cupo en una que está a 3 horas de la ciudad.
Tuve que mudarme y vivir alquilando un departamento pequeño con otros desconocidos. El único trabajo que conseguí fue como perchero y era muy mal pagado.
Mis padres tuvieron entonces la idea de remodelar mi habitación para ofrecerla en alquiler. Me dan parte del dinero que consiguen. Ni me preguntaron, me enteré de ello cuando buscaba en línea alquileres más baratos y en la sección de “Fuera de tu Ubicación” reconocí mi casa.
Mis padres habían guardado mis cosas en el ático, pero no duraron allí mucho tiempo. Yo mismo las terminé vendiendo en línea para poder pagar ese condenado alquiler en esa otra estúpida ciudad.
Cuando me di cuenta, mis únicas posesiones eran dos mudas de ropa, mi mochila, mi computadora portátil, mi celular y mi siempre flaca billetera.
En mi ciudad natal había una mejor universidad, cerca de casa había incluso un hospital con concesión para ser escuela de enfermeras. Por eso las inquilinas son siempre chicas, y por eso mamá decidió hacer que la habitación estuviera amueblada y lista para mujeres.
Es una suerte que en el sistema público las Universidades entren de vacaciones al mismo tiempo, así puedo volver a casa y tener mi habitación disponible.
Suspiro y me pongo de pie. Voy a ducharme e ignoro esas mangueras adicionales. Cuando salgo noto que mamá ya había preparado el armario para mí. Hay una pequeña hilera de vestidos y botines. En los cajones hay blusas, faldas, pantimedias e incluso ropa interior.
En el contrato de inquilinato de mis padres había una cláusula muy clara: si una inquilina dejaba algo olvidado, debían avisarle usando los números de contacto proporcionados.
Si no reclamaba sus pertenencias en un plazo de quince días, estas eran desechadas.
Muchas volvían a por sus cosas o pedían que se las enviaran. Muchas otras, al ser de familias más pudientes, no les importaba perder sus pertenencias porque podían reemplazarlas fácilmente.
La ropa era lo que abandonaban con más frecuencia. Al principio mis padres la vendían, aunque fuese ropa usada, esta podía venderse a buen precio al cliente correcto. Pero como seguía sobrando, mamá pensó que podía darle un mejor uso.
– Tienes muy poca ropa, ¿por qué no usas la ropa abandonada mientras estás dentro de casa? – sugirió. – Mamá, ¿te volviste loca? – exclamé esa vez. – Mi hijo no usará esas cosas en esta casa. – dijo papá dando un golpe en la mesa.
– ¿Puedes pagar por ropa masculina? – me preguntó. – Estoy ahorrando para mis despensas. – respondí rascándome la nuca.
– ¿Vas a comprarle ropa masculina a tu hijo? – le preguntó a papá. – Es un jodido adulto, que se la compre él. – contestó, cubriendo su cara con el periódico mañanero. Noté el punto, ni papá ni yo volvimos a objetar.
Ahora, siempre que vuelvo a casa durante las vacaciones, hay un armario con bonita y cómoda ropa de chica esperándome. La verdad… no puedo quejarme… me queda bien.
Es más, creo que le estoy cogiendo el gusto a posar con ella en el espejo mientras tomo un par de fotos para el recuerdo.
FIN
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