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Escrita por Irene Naridza
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Hoy, toda la familia de Pedro partió a la ciudad para ver en la plaza la proyección del partido mundialista de la selección nacional.
Pedro vio eso como la oportunidad perfecta de quedarse solo en casa y poder usar la hermosa ropa de su hermana sin que nadie lo molestara. Su familia no sospechó nada, sabían que a él no le gustaba el fútbol.
Ni bien vio que la camioneta desapareció por el camino, corrió fuera de la casa. Su hermana siempre cerraba su habitación con llave al irse, pero aún podía entrar por la ventana, la cual por suerte, no estaba muy alta. Le fue muy fácil trepar allí junto a una bolsa pequeña.
Sintió una cálida electricidad recorrer su columna vertebral al abrir de par en par el armario y ver allí toda esa colorida ropa. Los vestidos estaban impecablemente ordenados en el perchero. Las faldas, pantis y pantimedias estaban dentro de los cajones, acomodadas en patrones cuadriculados.
No le tomó mucho decidir qué ponerse, ya tenía en mente un conjunto del que se había enamorado al ver a su hermana usar tantas veces con tanta naturalidad.
Consistía de un vestido verde pino con rayas cuadriculadas de un verde más claro. Unas pantimedias amarillas y unos zapatos de cuero marrón bastante bajos.
Sacó de la bolsa una peluca del mismo tono marrón de su cabello y se la puso con ayuda del espejo. Tampoco perdió la oportunidad de maquillarse un poco en el tocador de su hermana. Aunque no tenía mucho, tenía más de lo que él podría soñar.
Al final, allí estaba Katia, la simpática chica rural.
Puso su ropa de hombre dentro de su bolsa y la arrojó por la ventana para salir. Se quitó los zapatos para poder saltar. Menos mal, abajo había un tupido césped que servía como una colchoneta natural.
El contacto de sus piernas en malladas con el frío césped fue una sensación muy agradable, estaba fresquito pero no húmedo. Caminó así por un momento, aprovechando el aire fresco de la tarde.
Amaba tener tiempo para ella sola donde podía ser Katia sin temor. Le encantaba la brisa acariciando sus piernas y la sensación de exposición de la falda del vestido. Le recordaba que ya no estaba oculta dentro de una habitación, si no libre en el exterior.
Escondió la bolsa y se puso de vuelta los zapatos, quería ir a dar un paseo por los alrededores y allí sí era necesario tener un calzado decente.
Caminó por el sendero inclinado entre los árboles. Podía ver la montaña de al frente cubierta por árboles, había una carretera al fondo. Le gustaba pensar que los viajeros que lograsen verla, por la lejanía pensarían que se trataba de alguna chica linda dando un paseo.
Daba pasos cortos, un paso en falso y rodaría por la pendiente, lo cual era bastante peligroso. Aquel sendero terminaba en un barranco formado por años de deslaves. Para más seguridad, se aferraba a los árboles cercanos.
Llegó hasta un árbol en específico, este tenía un columpio en su rama más fuerte. En sus fuertes raíces expuestas se formaba un cómodo lugar para recostarse en días soleados.
Decidió jugar un poco en el columpio, disfrutando del movimiento vertiginoso. Aunque estaba completamente solo, decidió atrapar la falda del vestido con sus rodillas como instinto femenino que tanto había escuchado a su madre recomendar a su hermana.
Dió un par de risitas mientras se columpiaba más y más alto, esa suave adrenalina era algo que le encantaba, mucho más cuando era Katia. Había parques con columpios más decentes, pero no había forma de ir hasta allí siendo ella misma.
La gente podía presumir de ser moderna y tolerante, pero a la hora de interactuar o tener que convivir en persona con alguien así de diferente, actuaban de la misma forma ignorante y cerrada de la que podía esperarse.
En ese momento, Katia no quería pensar en ellos, quería pensar en ella y en lo divertido que era columpiarse en ese rincón personal entre los árboles, donde no había nadie que pudiera juzgarla o hacer chismes dañinos.
Simplemente reír y pasarla bien por un momento.
FIN
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------------------- Opinión de la Autora -------------------
La historia iba a terminar de forma cruel, con la familia llegando antes y Katia teniendo que esconderse en una zona cerca de su casa, teniendo que quedarse de pie hasta que se fueran nuevamente, pero decidí que tenga un buen momento. Su vida ya es lo suficientemente dura en una zona rural de Ecuador.
Me contuve mucho al describir a su entorno, no quiero que parezca que desprecio a la comunidad campesina, pero por experiencia propia, he tenido encuentros MUY feos y he visto otros que indignan. No todos los campesinos son crueles, pero también hay algunos conversadores y groseros y eso hay que señalarlo.
------------------------------------ GRACIAS POR VER ------------------------------------



