viernes, 14 de agosto de 2026

KARMA

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Escrita por: “Irene Naridza”

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Yo era un hombre llamado Jacinto y vivía en Ecuador. Era un hombre sin hogar. La vida nunca me sonrió, fui huérfano y estuve en las calles desde que el orfanato donde estaba cerró por falta de fondos.

Algunos de los chicos que conocía pudieron asegurarse un techo sobre sus cabezas porque lograron casarse o ir a la cárcel. Estos últimos no duraron nada allí. Una vez terminé dentro por robar piezas de autos, no sé cómo sobreviví.

Robar comida es visto como más noble que robar objetos de valor, pero. ¿En qué creen que gastamos el dinero que obtenemos al vender lo robado? La gente dice que en lugar de robar, deberían buscar trabajo, pero esa misma gente nunca le da trabajo a las personas sin hogar y mucho menos si llegan a tener antecedentes.

Me despertaba debajo de algún puente e iba a buscar comida en comedores municipales o en los basureros de los mercados. Luego iba a pedir limosna o buscar botellas para venderlas en puestos de reciclaje. Por la noche buscaba algún puente o cualquier lugar con cubierta donde intentar descansar.

Así pasaron los días, así los meses y luego los años. Así fué como llegué a los 40 años. Solo vivía porque la única otra opción era la muerte.

Muchos lugares de reciclaje tenían balanzas dañadas para que marcaran menos peso de lo que realmente les dabas. Como limosnero pacífico, no me quedaba más que aguantar esas condiciones. Pelear por eso haría que ya no me quisieran comprar, hubiera muerto de hambre. También podría haber terminado en la cárcel, hubiera terminado muerto.

Lo único que podía hacer era aprender programas de alfabetización pública para gente como yo. Te estafaban menos si sabías contar y calcular el peso de las cosas que llevabas. Además, podía llevar mejor las finanzas de esos pocos billetes que conseguía.

Un día, llovió mucho en el barrio, la zona bajo el puente donde solía dormir ya estaba hacinada con gente peleando por el poco espacio seco que quedaba. Vagando por las calles buscando algún rincón con techo, encontré esas grutas dejadas atrás por la alcaldía.

Era un proyecto para crear líneas de metro, es decir, trenes subterráneos. Una apuesta por modernizar el transporte público. Los únicos trenes que había en Ecuador en ese momento eran meramente turísticos y lucían super viejos.

Esas apuestas no llegaron a ningún lado. La administración anterior lo comenzó a paso realmente lento. Intenté pedir trabajo allí una vez, pero me rechazaron porque apestaba. Aún así, siempre le daba un vistazo. La cantidad de obreros era cada vez menor hasta que un día colocaron rejas y un letrero de; OBRA EN PAUSA.

La nueva administración de ese momento dijo que la obra era irrealizable por lo costosa que era, lo único que prometió era que rellenaría los agujeros ya creados. Por fortuna, tampoco lo habían hecho. 

Aunque iba hacia dentro, tenía un canal en la entrada que evitaba la entrada del agua de lluvia. Dentro pude encontrar un lugar algo cálido y seco y otros vagabundos que también buscaban cobijo.

Fue mi nuevo hogar. Aunque conocía poco a la gente de allí, era lo suficiente como para que no te mataran para robarte lo poco que tenía.

Era el pleno año 2000, todos pensaban que para ese entonces, ya todo sería controlado por computadoras robustas y que habría coches voladores. En mi barrio las calles aún eran de tierra y las computadoras eran tan raras como ver un unicornio.

Un día hubo un terremoto, yo apenas despertaba. La tierra caía como lluvia sobre el cartón que era mi cama. Todos intentaban salir corriendo, un agujero en el suelo era el peor lugar para estar en un terremoto.

No alcancé a salir, el techo se derrumbó en frente y detrás de mí, las paredes también cedieron. Todo se quedó en silencio por un momento.

Empecé a gritar solo para confirmar que no estaba muerto. Mi voz resonó en la gruta ahora muy estrecha. Escuché más gente gritando de todas direcciones, también atrapadas. Todos empezamos a gritar por ayuda, rezando para que nos escucharan. Así hasta que se cansaron nuestras gargantas.

Tanteé por las paredes y el suelo, intentando guiarme. Encontré tierra, piedras y basura, mucha basura. Entre ellas, un encendedor de aquellos que fumaban. Por fin pude ver a mi alrededor. Ya no parecía una perforación descuidada, era una gruta irregular en todo sentido.

Caminé un poco, buscando alguna salida, cuando los muros cedieron, abrieron un espacio, estrecho, pero había más de lo mismo. No había salida.

Tenía que apagar el encendedor a ratos porque mi dedo se cansaba o porque se calentaba demasiado. En eso, noté algo brillando en el suelo, al principio pensé que era alguna botella semienterrada. Al no tener nada más que hacer, me acerqué a mirarla de cerca.

Era una especie de jarra de metal muy pequeña. Al acercar el encendedor, mis ojos se abrieron, tenía un brillo inusual. La desenterré como pude y la sostuve con mi mano… mi corazón se aceleró. Parecía oro.

No sería descabellado encontrar algo así, los Incas tuvieron asentamientos por toda la región. Muchos de sus tesoros quedaron enterrados por la tierra y maleza del tiempo. Era un sueño posible.

Recordé una forma de comprobar si un metal era oro auténtico; FROTARLO. El oro no necesita de trapos húmedos ni limpiezas complicadas para relucir. Brilla por sí mismo y para eso bastaba con quitar el polvo que cubría su superficie.

Tallé suavemente con mis dedos y ese metal me respondió con un destello precioso, aquello era oro. Sonreí como nunca en la vida, había encontrado un auténtico tesoro invaluable.

Incluso me puse a llorar, sin poder parar de reir. Lentamente, esa sonrisa se fue desvaneciendo. Sentía que el aire me faltaba. Tras toser una vez, esas lágrimas se volvieron amargas.

La vida que siempre me había dejado olvidado era perfectamente capaz de ser cruelmente irónica conmigo. Había encontrado un tesoro que podría cambiar completamente mi vida para bien, pero estaba en una caverna oscura con el oxígeno terminándose con cada segundo que pasaba.

Abrazaba la jarra de oro contra mi pecho. No podía dejar de frotarla para verla destellar, era como si me guiñara un ojo de forma simpática. Así hasta que el combustible del encendedor se terminó y me quedé a oscuras.

Aún así, parecía que podía verla brillar, justo en mis manos. Las horas pasaron, el silencio era incómodamente absoluto. Me dormí y desperté varias veces, empezó a darme sed.

Fue cuando empecé a frotar la jarra más insistentemente. Un destello me cegó, ver tanta luz de repente hizo que me cubriera los ojos con una mano mientras que con la otra seguía sosteniendo la jarra de oro.

Pensé que por fin habían llegado los rescatistas, pero cuando la luz se estabilizó, frente a mí no había ningún sujeto con traje de excavación ni nada parecido. Había un ser transparente que flotaba y salía de nada menos que la jarra.

— Saludos, humano. Has encontrado la lámpara sagrada. Dime, cuál es tu deseo. — me dijo en un tono formal. No podía creerlo, pensé que alucinaba, me le quedé viendo tanto tiempo en silencio que volvió a repetirme el saludo.

— ¿Que… ¿Quién eres tú? — pregunté. —Soy el genio de la lámpara. Puedes pedirme un deseo, cualquier deseo. — repitió. 

Volví a reír incontrolablemente, aquello era mejor que una lámpara de oro, era todo. Podía pedir lo que sea, incluso mil lámparas de oro, pero, contuve mis impulsos, casi le pido algo de beber, pero me mordí el labio para detenerme.

— ¿Cuántos deseos tengo? — pregunté con mis manos temblando. — Puedo concederte UN solo deseo. Aquello que más quieras. — respondió, dejándome más nervioso. — ¿Puedo pedir más deseos? — me apresuré a preguntar.

— Lo lamento, solo puedo conceder un solo deseo por humano que acuda a mí. — respondió con firmeza, había reglas. Eso me dejó preocupado. — ¿Preguntarte algo se considera un deseo? — pregunté. — No, pero puedes desear saber todas las respuestas del mundo. — contestó.

Eso era un alivio. — ¿Puedes hacerme rico? — le pregunté con ansias. — Claro. Puedo hacerte el hombre más rico del mundo. — respondió, haciendo que mi corazón se acelerara. — Pero no sería el lugar apropiado. — agregó. — Si te diera todo el dinero para ser el hombre más rico del mundo. Todo ese dinero te aplastará en esta gruta. — aclaró.

—¿Puedes sacarme de aquí primero entonces? — pregunté con cuidado. — Sí, pero eso contaría como un deseo. — contestó. Me quedé helado, esto empezaba a sonar mal. — ¿Pedir ser millonario y estar a salvo… no puede ser eso un solo deseo? — pregunté casi tartamudeando.

— Si puedes separar tu deseo con cualquier conector lingüístico, es más de un deseo. Solo puedo concederte uno. — contestó con firmeza. La vida volvía a darme un golpe bajo, ya no tenía oro. Tenía la posibilidad del todo frente a mis narices, pero ninguna maravilla que pidiera me serviría estando atrapado en esa gruta con el oxígeno apunto de terminarse.

Pensé en varias alternativas. Palas de oro, podía intentar salir con ellas y venderlas. Pero ya no tenía fuerzas ni luz para guiarme. Pensé en pedir que todo lo que tocase se convirtiera en billetes de gran denominación, así quitar la tierra y rocas mientras amasaba una fortuna, pero entonces no podría tocar nada sin convertirlo sin querer, ni siquiera a mi mismo.

Pensé en pedirle que esperara a que me sacaran para pedir mi deseo, dijo que él podía esperar, solo debía frotar la lámpara dorada cuando estuviera listo. Pero el aire se hacía cada vez más pesado y con olor a amoniaco, tosía con más frecuencia y hasta me dolía la cabeza. 

No tenía tiempo, debía pedir algo o moriría sin siquiera tener un lingote de oro con diamantes como consuelo. Afortunadamente, abrazaba la lámpara, pude llamar al genio.

— ¿Ya sabes cúal es tu deseo? — preguntó. Me quedé pensando, no se me ocurría nada que mezclara salir vivo e ileso con tener una gran fortuna que solucionara mi vida.

Entonces lo noté, otro hedor. No era el aire llenándose de dióxido de carbono por mi propia respiración. Era el hedor de mis dientes y mi cuero. Un vagabundo rara vez podía darse el lujo de un baño con jabón.

Miré a mis manos, peladas y con callos. Mis brazos ya tenían arrugas, tanto mis rodillas y codos estaban negras. Al tocar mi rostro, encontré cicatrices mal sanadas y más arrugas. La forma en que moriría no era lo único que me intrigaba, era cómo me encontrarían. 

Mi vida había sido una basura, tendría el mismo final y nadie lloraría por mi.

Fue ese pensamiento que empezaba a atormentar lo que me dió la idea. — ¿Puedo pedir renacer? — pregunté, mirando al genio con ojos ya llorosos. — Por supuesto, puedo hacer que renazcas. Empezarás una vida desde cero. Pero pedir dónde, bajo qué familia, con qué salud o incluso tu género, todo eso corresponde más de un deseo. — respondió con la misma firmeza.

Aquello era una ruleta de incertidumbre. Podía sacar el premio y nacer como un niño en una familia millonaria, o la vida podía burlarse de mí de nuevo y hacerme nacer igual de pobre o incluso peor.

Sin embargo, no había más opciones. Era esa apuesta, o morir ahogado entre esa miseria que ya conocía. 

—Genio…— dije con dificultad por la falta de aire. — Deseo renacer. — le pedí. — Así será. — dijo con esa voz. Lo siguiente que ví, fue un destello, una luz muy fuerte. Ya no escuchaba ni sentía nada, así por algunos segundos. Pensé que tardé mucho y morí sin desear.

Pero entonces, escuché un grito, una mujer. Sentí que algo cálido me rodeaba, pero fue interrumpido por una fuerza que me estaba empujando. Volví a escuchar, volví a sentir todo. Hacía frío, mucho frío.

Unas manos gigantes tomaron mi cabeza con delicadeza. Sentí un empujón más y de repente, estaba fuera de ese lugar. Lo siguiente que vi, era un grupo de personas extrañas, parecían deformes. Totalmente pálidos y con cosas extrañas rodeándolos.

Escuché una risita y un calor de nuevo. Mientras aquella figura me abrazaba, mi vista se aclaró. Aquellas eran personas, tenían tez blanca. Llevaban trajes de enfermeros y doctores. Aquello era una sala de parto, yo era el bebé.

Mi diminuto cuerpo reaccionó antes que yo, sin esperar a que yo decidiera. Empecé a llorar ruidosamente, era un movimiento involuntario.

— It’s a girl. — dijo una de las enfermeras, pero no pude entender lo que dijo. Aquella mujer que intentaba calmarme, no era menos que mi madre. Ella dió una risita de ternura. — We will call her… Ellise. — dijo un hombre que se acercó y nos abrazó a ambos.

Aquella escena fue interrumpida por otro hombre. Este no lucía ningún traje médico como el resto. Lucía un traje elegante, aún más fino de aquellos hombres que alguna vez me dieron una limosna generosa.

— Congratulations, Mr. Henan. For your firstborn. — dijo aquel hombre en palabras que no entendí del todo. Pero ese apellido, Henan, me sonaba bastante. — Thank you. Ron… — dijo el hombre, algo incomodado por la interrupción. 

— Please, call our private doctor and nurses. My wife and my little girl… — dio una larga caricia desde el rostro de la mujer que era  mi madre y descendió con más delicadeza para tocar mi rostro. —... will recover in the mansion. — agregó. — Yes, Mr. Henan. — respondió ese chico de inmediato.

Recordé entonces esa frase que otro vagabundo me dijo. — Sufrimos mucho, como si de alguna forma pagamos para que si hay otra vida, tener un buen karma. — fueron sus palabras. — En nuestro caso, sería el mejor de los karmas. — dije esa vez antes de tirar más basura para alimentar ese fuego que nos calentaba en aquella gruta.

No estaba seguro de muchas cosas, pero hasta el momento, tenía cierta certeza, eran buenas personas. Tal vez esa frase era verdad, la vida me escupió tanto en esa anterior vida, pero ahora me compensaba con algo mejor.

No puedo esperar a ver qué otras sorpresas tengo por delante.


FIN

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--------------- Opinión de la Autora ---------------

  • Cuando estaba en bachillerato, leí un libro corto sobre un chico pobre que al final tuvo una vida mejor. Pero entonces, el libro decía que todo había sido un sueño febril mientras moría, lo que le ayudó a morir en paz y felicidad a pesar de la miseria que lo rodeaba. Eso me hizo llorar mucho. Por eso, esta historia termina con una reencarnación CANÓNICA en una vida mejor para Jacinto.

  • ¿Dónde renació Jacinto? En Suiza.

  • Suiza a menudo está entre las conversaciones de ecuatorianos sobre como sería ser el país ideal, por eso lo terminé eligiendo como el futuro ideal de Ellise. 

  • ¿Cómo será la vida de Ellise ahora? La mejor de las vidas, se lo merece.




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martes, 11 de agosto de 2026

El Columpio en el Campo

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Escrita por Irene Naridza

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Hoy, toda la familia de Pedro partió a la ciudad para ver en la plaza la proyección del partido mundialista de la selección nacional.

Pedro vio eso como la oportunidad perfecta de quedarse solo en casa y poder usar la hermosa ropa de su hermana sin que nadie lo molestara. Su familia no sospechó nada, sabían que a él no le gustaba el fútbol.

Ni bien vio que la camioneta desapareció por el camino, corrió fuera de la casa. Su hermana siempre cerraba su habitación con llave al irse, pero aún podía entrar por la ventana, la cual por suerte, no estaba muy alta. Le fue muy fácil trepar allí junto a una bolsa pequeña.

Sintió una cálida electricidad recorrer su columna vertebral al abrir de par en par el armario y ver allí toda esa colorida ropa. Los vestidos estaban impecablemente ordenados en el perchero. Las faldas, pantis y pantimedias estaban dentro de los cajones, acomodadas en patrones cuadriculados.

No le tomó mucho decidir qué ponerse, ya tenía en mente un conjunto del que se había enamorado al ver a su hermana usar tantas veces con tanta naturalidad.

Consistía de un vestido verde pino con rayas cuadriculadas de un verde más claro. Unas pantimedias amarillas y unos zapatos de cuero marrón bastante bajos.

Sacó de la bolsa una peluca del mismo tono marrón de su cabello y se la puso con ayuda del espejo. Tampoco perdió la oportunidad de maquillarse un poco en el tocador de su hermana. Aunque no tenía mucho, tenía más de lo que él podría soñar.

Al final, allí estaba Katia, la simpática chica rural.

Puso su ropa de hombre dentro de su bolsa y la arrojó por la ventana para salir. Se quitó los zapatos para poder saltar. Menos mal, abajo había un tupido césped que servía como una colchoneta natural.

El contacto de sus piernas en malladas con el frío césped fue una sensación muy agradable, estaba fresquito pero no húmedo. Caminó así por un momento, aprovechando el aire fresco de la tarde.

Amaba tener tiempo para ella sola donde podía ser Katia sin temor. Le encantaba la brisa acariciando sus piernas y la sensación de exposición de la falda del vestido. Le recordaba que ya no estaba oculta dentro de una habitación, si no libre en el exterior.

Escondió la bolsa y se puso de vuelta los zapatos, quería ir a dar un paseo por los alrededores y allí sí era necesario tener un calzado decente.

Caminó por el sendero inclinado entre los árboles. Podía ver la montaña de al frente cubierta por árboles, había una carretera al fondo. Le gustaba pensar que los viajeros que lograsen verla, por la lejanía pensarían que se trataba de alguna chica linda dando un paseo.

Daba pasos cortos, un paso en falso y rodaría por la pendiente, lo cual era bastante peligroso. Aquel sendero terminaba en un barranco formado por años de deslaves. Para más seguridad, se aferraba a los árboles cercanos.

Llegó hasta un árbol en específico, este tenía un columpio en su rama más fuerte. En sus fuertes raíces expuestas se formaba un cómodo lugar para recostarse en días soleados.

Decidió jugar un poco en el columpio, disfrutando del movimiento vertiginoso. Aunque estaba completamente solo, decidió atrapar la falda del vestido con sus rodillas como instinto femenino que tanto había escuchado a su madre recomendar a su hermana.

Dió un par de risitas mientras se columpiaba más y más alto, esa suave adrenalina era algo que le encantaba, mucho más cuando era Katia. Había parques con columpios más decentes, pero no había forma de ir hasta allí siendo ella misma.

La gente podía presumir de ser moderna y tolerante, pero a la hora de interactuar o tener que convivir en persona con alguien así de diferente, actuaban de la misma forma ignorante y cerrada de la que podía esperarse.

En ese momento, Katia no quería pensar en ellos, quería pensar en ella y en lo divertido que era columpiarse en ese rincón personal entre los árboles, donde no había nadie que pudiera juzgarla o hacer chismes dañinos.

Simplemente reír y pasarla bien por un momento.

FIN

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------------------- Opinión de la Autora -------------------

  • La historia iba a terminar de forma cruel, con la familia llegando antes y Katia teniendo que esconderse en una zona cerca de su casa, teniendo que quedarse de pie hasta que se fueran nuevamente, pero decidí que tenga un buen momento. Su vida ya es lo suficientemente dura en una zona rural de Ecuador.

  • Me contuve mucho al describir a su entorno, no quiero que parezca que desprecio a la comunidad campesina, pero por experiencia propia, he tenido encuentros MUY feos y he visto otros que indignan. No todos los campesinos son crueles, pero también hay algunos conversadores y groseros y eso hay que señalarlo.




------------------------------------ GRACIAS POR VER ------------------------------------

lunes, 10 de agosto de 2026

Trabajo a Medio Tiempo

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Escrita por: “Irene Naridza”

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AÑO 2004

Fred estaba desesperado por encontrar un trabajo. Desde que se mudó de ciudad para poder ir a la universidad, sus padres lo ayudaban enviándole dinero cada mes. Sin embargo. Su padre había tenido un accidente laboral, por lo que ya no podía trabajar.

“Estaremos acudiendo a recursos legales para que le den una compensación legal a tu padre, por eso no te podremos enviar más dinero.” Le explicó su madre por teléfono. “Pero tienes suerte. En la ciudad en la que estás, nunca falta trabajo a jóvenes como tú. Te quiero, Fredo.”

La madre de Fred tenía razón a medias. Había mucho trabajo para jóvenes universitarios. Pero la paga era apenas del mínimo establecido por la ley a menos que tuviesen experiencia. Esos sueldos estaban pensados para jóvenes que querían tener un ingreso adicional a las ayudas que les diesen su familia. Pero en el caso de Fred, estaba completamente solo. 

Buscó en periódicos los anuncios de trabajo y tomó lo primero que encontró. Pero después de un mes trabajando como mesero de una cafetería en el centro, pudo ver como lo que ganaba se escurrió rápidamente entre las facturas.

Un día vio un anuncio que atrajo su atención de inmediato. “Se busca ayudante en Boutique. A medio tiempo. La paga será de 7500 maygels. (250 dólares)” La paga era un poco más del salario mínimo, pero tampoco era lo suficiente. Pero Fred estaba seguro de hacer alcanzar ese monto el tiempo suficiente hasta graduarse o hasta que la situación de sus padres se solucionara.

Al siguiente día se presentó en el lugar que marcaba la dirección. Era un local que estaba cerca de un centro comercial y no muy lejos de su universidad. Una zona que se veía bonita. Sin embargo, la sonrisa que se había formado en el rostro de Fred se desvaneció.

Cuando entró a la boutique y dijo que venía por el anuncio de la oferta de trabajo. La gerente le dio malas noticias. “La oferta es solo para chicas. El editor omitió esa parte por error. Les pediré que lo arreglen.” Dijo ella apenada.

Fred sintió que estaba nuevamente sin esperanza, estaba por irse cuando la mujer dijo. “Espera. Creo que te conozco. Eres Fred. ¿verdad?, el de la cafetería.” En ese momento, Fred también recordó a la mujer. Era Sandy, la mujer amable que amaba los capuchinos y que siempre dejaba buenas propinas.

Fred asintió con la cabeza. Sandy le preguntó porque estaba buscando un segundo trabajo de medio tiempo y Fred se desahogó con ella, contándolo todo por lo que había estado pasando últimamente. Al final de la conversación, Sandy se sentía con cierta obligación moral.

“Bueno, Fred. Ya conozco tu forma de atender clientes. Así que estoy segura de que lo harás muy bien.” Una sonrisa volvió a dibujarse en el rostro de Fred. “Pero el inconveniente es que esta es una tienda de ropa femenina. Y necesito una chica para que las clientas no se sientan incómodas… pero creo que tengo la solución para eso.” 

Mientras Sandy buscaba en un pequeño armario de su oficina, Fred se rascaba la cabeza sin entender a lo que se refería. “Entonces… ¿podré tener el trabajo…o no?” preguntó confundido. “Claro, pero primero. Necesitas una pequeña transformación.” Respondió Sandy mientras mostraba un conjunto de ropa femenina y un estuche de maquillaje.

Fred se sonrojó al darse cuenta de lo que tendría que hacer. Estaba por negarse, hasta que recordó que en verdad necesitaba el dinero. Suspiró y dejó que Sandy hiciera su trabajo.

DOS MESES DESPUÉS.

“Muchas Gracias por su compra.” Dijo con simpatía una dependienta mientras otra clienta satisfecha dejaba el local después de adquirir una nueva prenda. Fran, era la mejor empleada que Sandy había tenido en mucho tiempo. Fran era dócil, tenía paciencia y siempre tenía una sugerencia basada en el estilo de cada clienta.


“Sabes, Fran. Sigue así y pronto tendrás tu foto en el marco de ´Empleada del Mes´ en la vitrina principal.”
 Le dijo Sandy, su jefa, mientras se tomaban un descanso en una pequeña cafetería en la parte de atrás de la tienda.

Fran por su parte, estaba perdida una vez más en su propio mundo, mirándose en el espejo que había en una de las paredes. No podía creer que aquella chica que usaba una delicada blusa blanca, falda tubo negra, mallas oscuras, tacones y el cabello recogido en una cola de caballo era realmente una fachada de medio tiempo.

“Oye, Fran. ¿me escuchas?” Dijo Sandy, atrayendo finalmente la atención de su empleada. “Oh, sí. Te he escuchado. Sandy. Solo que… todavía no puedo creer lo rápido que ha pasado el tiempo y lo rápido que me he acostumbrado a ser…tú sabes. Una chica, al menos para el trabajo.” Dijo antes de darle un sorbo al café que ella misma había preparado.

Las primeras semanas de Fred siendo Fran fueron días donde los nervios hacían que tartamudease, pero gracias al apoyo de su jefa y la necesidad de tener dinero para subsistir. Fred logró adaptarse a ser Fran por 4 horas al día de lunes a viernes.

“En eso tienes razón.” Dijo su jefa. “El tiempo puede escurrirse de entre tus manos si no sabes aprovecharlo. Además, con respecto a ser chica. Todos podemos acostumbrarnos a lo que sea si existen las circunstancias adecuadas. Por cierto. ¿cómo sigue la situación de tus padres?”

Los ojos de Fran transmitieron tristeza mientras recordaba los acontecimientos más recientes. “La empresa constructora para la que trabajaba sigue sin querer reconocerle su indemnización pese a que se descubrió que la negligencia venía de los jefes por no dar equipos de seguridad adecuados para los trabajadores.” Relató Fran antes de dar un pesado suspiro.

“Lo que mamá gana en su trabajo se va en los costes legales, además de los cuidados que mi padre necesita para recuperarse de sus fracturas. Parece que seguiré teniendo que arreglármelas por mi cuenta por un tiempo más largo.” Agregó abatida.

“Descuida, linda. Estoy segura de que se arreglará pronto.” Las palabras de su jefa, pese a ser unas motivaciones genéricas, hicieron que Fran se sintiera mejor, después de todo. Desde que la situación de sus padres empeoró y tuvo que buscar dinero por su cuenta, muchas cosas habían cambiado.

Se había tenido que mudar del campus universitario a un departamento muy pequeño y alejado de su universidad. Entre el trabajo en la cafetería, la boutique y sus estudios, había dejado de ver a sus amigos. Era por eso que esas palabras de apoyo de su jefa, la cual de por si era amable, se sentían como un gran apoyo.

Fran miró el reloj y se dio cuenta de que era hora de volver a trabajar. Se puso de nuevo sus tacones y volvió a atender la boutique con su simpática sonrisa. El local estaba decorado con temática de Halloween, el cual ya estaba muy próximo. La noche anterior se había quedado haciendo horas extras junto a su jefa para asegurarse que cada detalle estuviera en orden y acorde a la festividad.

Una nueva clienta entró. Era una mujer mayor que decía buscar el disfraz perfecto para su hija. “A ella le interesan las galaxias… y las brujas.” Dijo la mujer. “Una inusual mezcla. Pero creo que tenemos el vestido perfecto.” Fran buscó con agilidad entre los percheros y encontró uno. Era uno de color violeta con brillantina, su diseño asemejaba a imágenes del cosmos.

Es perfecto.” Dijo la mujer después de darle una rápida revisión tanto a la calidad de la tela como a la talla. “Me lo llevo… me llevaré dos más bien, quién sabe qué inconveniente pueda pasar y lo necesite.” Dijo la mujer, convencida por la sugerencia. Fran sonrió, puso los vestidos en una bolsa y se los dio a su compañera en caja para que comenzase a hacer la factura.

Mientras Fran volvía su atención a la entrada de la boutique, esperando la llegada de nuevas clientas, comenzó a reflexionar. Si bien sentía que todo eso era un poco incómodo y extraño, los beneficios eran muy buenos. Este trabajo le estaba resultando fácil. Además de tener una jefa amable, también tenía una paga decente. 

Fran sonrió antes de atender a una nueva clienta que entró al lugar. Se sentía afortunada de tener ese trabajo de medio tiempo.

FIN
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ENLACE EN INGLÉS

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--------------- Opinión de la Autora ---------------

  • 1 dólar son 30 maygels. (de veras que tengo que memorizarme esto)

  • El concepto ya lo tenía. Pero no sabía cómo implementarlo. Al principio quería implementarlo como una hipotética tercera parte de “La ninia de mamá”, una en donde también aparecieran otros personajes de otras de nuestras historias. Pero esa idea fue desechada por ciertas incompatibilidades y porque como dijo Hugo, sonaba un poco forzado y poco orgánico. Es por eso que decidí hacerlo de esta forma.

  • NO. No es la misma Boutique de “Problemas de Devolución”, fue una de las ideas iniciales, pero la deseché, pues como dije. Quedaba demasiado forzado, además que el tono entre estas dos historias varia muchísimo.

  • Quería aprovechar este espacio para agradecer a “Cinder-The-Fallen” por su constante apoyo. MUCHAS GRACIAS POR TUS COMENTARIOS.




------------------------------------ GRACIAS POR VER ------------------------------------

KARMA

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