-- Escrito por “Irene Naridza”
Simond volvió rápidamente a casa después de un aburrido día de escuela, sabía que tendría la casa solo para él en esa tarde. Su madre y su hermana mayor habían salido de viaje por un pedido de vestidos.
Ambas eran
costureras y tenían un taller propio en la ciudad. A veces tenían pedidos
especiales donde tenían que ir a recopilar información que era más eficiente
recogerlos personalmente, tales como medidas o preferencia en telas que
tuvieran disponibles.
Ellas a veces
también realizaban diseños de vestidos propios para venderlos a las tiendas en
distintos lugares de la provincia. Era por eso que en casa tenían un cuarto
donde guardaban todas las muestras junto a otros materiales de confección.
Simond sabía dónde ocultaban una copia de la llave. ¿Por qué?
Simond tenía un
secreto, le gustaba la ropa de niña. No sabía qué fue lo que le dió la idea de
probarse la ropa de su hermana por primera vez, pero agradecía ese empujoncito.
Estaba solo en casa y vio un par de mallas blancas de su hermana tiradas en el
piso. Fue en ese momento que sintió como si algo lo abrazara y lo hiciera
sentir que encontró algo que ahora no quería dejar ir.
Por mala suerte, la
presencia de su estricto padre siempre lo hacía sentir nervioso, aunque, no
estuviera haciendo nada malo. Su padre tenía un carácter impredecible y aunque
no llegaba a los gritos, cualquier error podría desatar sus violentos
regaños.
A veces llegaba al
discurso lastimero donde resaltaba que su infancia fue más dura y aun así nunca
cometió tantos errores ni se deprimía. Como no podía faltar, terminaba llamando
a todos unos débiles sensibles.
Si alguien se
atrevía a cuestionarlo en medio de su cantaleta, ahora sí alzaba la voz al
punto que su esposa tenía que insistirle en que se calmara. Todos odiaban tener
que andar de puntillas para no alterar el carácter de ese hombre, era un
esfuerzo agotador.
Simond había
asumido correctamente que confesar sus nuevas preferencias a su padre era una
pésima idea. Como no estaba seguro de cómo reaccionaría su madre o su hermana
ante su secreto, tampoco se los había dicho.
Cuando un día su
padre simplemente se fue sin dar explicaciones, a Simond no le interesó
preguntar ni entender porque lo hizo, no podía estar más alegre de que esa
presencia que lo incomodaba en su propia casa hubiera desaparecido.
Así habían pasado
ya varios meses donde Simond llegaba a casa y sentía que era un verdadero
refugio y no otro lugar de presión contínua.
Simond siempre se aseguraba de estar completamente solo y que nadie volvería a casa por las próximas horas antes de ir a su escondite donde guardaba algunos pares de mallas – que le había robado a su hermana – y luego ir hasta aquel cuarto de vestidos.
Le parecía algo
mágico el encender las luces y ver los percheros destacar con toda esa variedad
de colores y formas delicadas que parecían llamarlo. A veces escogía uno que le
gustaba, a veces uno que no se había probado antes y otras veces simplemente
uno que le llamara la atención.
Subirse la
cremallera de la espalda le transmitía una sensación de ‘No hay vuelta atrás’
ya que muchas veces le sería imposible volver a abrirlo sin ayuda. Era como si
la situación misma le dijese; “Ahora estás así y
no tiene salida.” lo que le servía de perfecta excusa para quedarse
en esa forma femenina.
Por seguridad,
había desarrollado una forma de subirse y bajarse el cierre del vestido por sí
mismo. Usaba un gancho que había cortado de un armador, le había hecho también
un agujero por donde pasó una piola. Era portátil y compacto.
Solo tenía que atar el otro extremo de la piola a algún punto alto y firme, pasar el gancho por el agujerito que tenían casi todos los jaladores y comenzar a retroceder lentamente. El cursor cedía y empezaba a subirse, ajustando la presión del vestido mientras se sellaba en su sitio. Cuando llegaba arriba, solo tenía que quitar el gancho y Simond estaba finalmente en el vestido escogido.
El verse al espejo tras estrenar un vestido era de los mejores momentos, se veía ‘bonita’, se sentía como si hubiera obtenido algo que estuviera esperando por mucho, a veces la sonrisa que esbozaba dejaba escapar risitas.
A parte de las mallas, adicionaba algún par de zapatos princesa de su hermana, alguna de las pelucas de los maniquíes y otros complementos que venían con los vestidos tales como; guantes princesa, tiaras o listones para el cabello. Había aprendido a hacer moños perfectos ya que algunos vestidos tenían lazos en la parte trasera.
Cuando terminaba, era una niña la que aparecía en el reflejo de los espejos por los que Simond pasaba, eso le era inequívoco y no estaba dispuesto a discutirlo. Ella le sonreía de vuelta e incluso le guiñaba el ojo.
Era entonces cuando
empezaba a hacer cosas cotidianas como; almorzar en la cocina, realizar los
deberes de la escuela en la sala, ver televisión en el sofá o cualquier cosa
que su madre le hubiese encargado. Lo mejor de usar vestidos y mallas, era
actuar con normalidad como si fuese cualquier otra niña teniendo un día normal.
Fue mientras terminaba de pasar el trapo por la ventana de la sala que vio el auto de su madre estacionarse silenciosamente frente a la cochera. De inmediato, corrió hacia el cuarto de vestidos, no sería la primera vez que tenía que ir, quitarse el vestido, ponerse su ropa normal y volver a su habitación en un frenético tiempo récord.
Se llevó la mano
hacia la cremallera en la parte posterior superior del vestido, ya presentía la
presión del vestido liberándose, sin embargo, algo lo hizo detenerse en esa
ocasión. Se quedó estático pensando por un momento. Ya le había empezado a
cansar el tener que despedirse de los vestidos tras tan pocas horas de
disfrutarlos.
Concluyó entonces
que, tal vez era otra la presión de la que debía liberarse. Corrigió su camino
y se dirigió a la sala donde se ajustó la falda del vestido antes de sentarse
cruzando las piernas. Puso su mejor sonrisa mientras esperaba a que su familia
cruzase por la puerta.
FIN
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