martes, 27 de octubre de 2026

AMIGUITO, ESTÁS EN UNA MANSIÓN EMBRUJADA — HISTORIA TG

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Escrita por Irene Naridza

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Carlos abrió los ojos después de haber estado sentado tiritando. La luz de luna llena le permitió ver que estaba en un pasillo con paredes cuyo papel tapiz estaba hecho jirones y algunas tablas del suelo estaban deformadas por la humedad o directamente rotas.

Lo único que recordaba era haber escuchado voces aterradoras cuando solo quedaba él e Ian en el reto de Halloween. El resto eran fragmentos de él corriendo. Cruzó un pasillo lleno de polvo y telarañas, buscando la típica salida principal, pero al no encontrarla, siguió corriendo y girando cuando encontraba una esquina. Solo recordaba haber hecho eso por varios minutos.

— ¿En qué momento subí las escaleras? — dijo para sí mismo al ver por una de las ventanas y notar que estaba en el tercer piso. En su delante se extendía otro pasillo extraño, oscuro y dónde el viento hacía rechinar todo a su paso. — Que miedo. — Carlos tragó saliva antes de adentrarse en él.

—Al menos aún tengo esto. — dijo al notar que aún tenía su linterna, era una con mango colorido y con una cabeza de payaso. Tenía lentes por ojos, que era de donde salía la luz. Alumbraba perfectamente en un lugar tan oscuro, justo a tiempo.

—CIELOS. — se detuvo en seco al ver que ya no tenía piso delante. La mancha oscura se transformó en un agujero con bordes astillados que dirigía hacia el piso inferior, donde un agujero similar pero más pequeño llevaba a lo que parecía ser el primer piso. —Eso estuvo cerca. — dijo retirando su pié del borde.

Apuntó con la linterna hacia delante, la ausencia de suelo se extendía por varios metros hasta llegar a unas tablas sueltas y lo que parecía un pasamanos. —Las escaleras. — notó Carlos. —pero… por aquí no se puede pasar. —murmuró mientras empezaba a buscar otra ruta.

Junto a él había un muro deteriorado, un agujero, tal vez hecho por termitas. Permitía ver en su interior, había algo extraño. Carlos entró allí, no fue difícil pues la puerta había sido tirada abajo hacia quién sabe cuándo.

El lugar tenía unos pocos muebles destrozados y esparcidos por el suelo. Como si alguien hubiera estado buscando algo y se hubiera puesto furioso al no encontrarlo. Carlos levantó su linterna. El muro había cedido parcialmente, se veía la otra habitación. Más de lo mismo, pero con el cable de una lámpara colgando del techo de yeso que parecía queso de tantos agujeros que tenía.

—Por aquí se puede pasar. — Dijo Carlos. Tuvo que asentar su linterna en el borde del muro para pasar al otro lado sin terminar de bruces, o al menos eso intentó. Su linterna empezó a parpadear, lo que lo hizo quedarse a ciegas y perder el equilibrio.

—Méndigo juguete de feria. — Carlos se levantó rápidamente, impulsado por su enojo. —Empieza a funcionar o te dejaré de juguete para el perro. — dijo mientras le daba golpecitos en la parte de la pila.

La linterna volvió a funcionar justo a tiempo para alumbrar a una niña cruzar el pasillo flotando. Fue como cuando se golpeaba el codo, dando justo en el nervio. Sintió su cuerpo retorcerse, su mirada desviarse y todo se volvió oscuro. 

Al despertar, notó que estaba en otra habitación, uno a uno sus recuerdos fueron volviendo hasta el punto cuando vió aquel ente. Después de ver a la niña flotante, volvió a salir corriendo, esta vez, saltó los agujeros del pasillo por pura adrenalina, pero en dirección equivocada. Ahora estaba aún más adentrado en esa mansión abandonada.

Lo siguiente que notó era que se había orinado encima, y al estar acostado… era sin duda la peor de las suertes. Tratando de ignorarlo, caminó hacia la puerta y temerosamente, la abrió mientras temblaba. Allí había un pasillo en relativo mejor estado y completamente vacío. 

Carlos tomó un poco de aire antes de salir. Mientras caminaba por el pasillo hacia las escaleras, una de las puertas se abrió lentamente. Casi se le detiene el corazón, pero se forzó a pensar que había sido el viento. Caminó en puntillas al pasar frente a ella, pero la luz de luna le ayudó a ver que no tenía nada en particular.

Al volver su mirada al frente, al final del pasillo, justo donde empezaban las gradas. Aquella niña de viejo vestido blanco flotaba en círculos. —Tú no perteneces aquí.— fueron sus susurros que pudieron escucharse por el silencio que reinaba en la mansión.

Carlos recordó la vez que le dijo a la niña que le gustaba que tenía una verruga, desde allí ella empezó a odiarlo. De hecho, Carlos recordaba cualquier cosa desde que su mente pasó por una especie de reinicio mientras que su cuerpo volvía a moverse por pura adrenalina.

Al volver a tener una sincronía de ambos, notó que estaba oculto dentro del armario de esa habitación de antes. Recordó haber escuchado que el corazón latía como un reloj, en ese momento el suyo parecía un despertador.

Temblando como el motor viejo de la camioneta de su abuelo, se acercó al ojal de la puerta del armario por donde entraba la luz de luna. Fuera, la puerta seguía abierta. Carlos empezó a repetirse a sí mismo que había visto una cortina vieja y escuchado otra vez el viento. Ni un monje había repetido su mejor mantra como la había hecho él en esos cortos instantes.

Los listones de un vestido balanceándose en el aire fue lo primero que vio antes que la niña flotante apareciera frente a la habitación. Sus ojos blancos que de alguna forma se distinguían en esa pálida piel miraron dentro antes de pasar.

Carlos empezó a recitar todos los rezos que había escuchado decir a su abuela, sus padres, su tío judío y hasta el niño hindú que era su compañero en la escuela. Le rogaba a Dios… a superman o cualquiera que pudiera oírlo que lo sacara de esa pesadilla.

La niña empezó a recorrer la habitación, susurrando algo que Carlos se esforzó en descifrar. —¿Dónde estás?— logró escuchar mientras ella se acercaba al armario. —Los niños no están invitados aquí.— agregó. Carlos vió su vida pasar por sus ojos. —Debí ser más amable con Ian. — confesó como si fueran sus últimas palabras.

La niña de blanco escuchó el armario sacudirse, confirmando que había alguien dentro. Con sus frías manos, abrió las puertas de par en par. Allí dentro encontró a una niña con un vestido rojo y un lazo mal hecho en su corto cabello.

—¿Quién eres?— preguntó ella. —Y… ¿Yo?— tartamudeó la niña de rojo. —Sí, tú.— alzó la voz. —Soy… Carlo.... Carl… Carol — se aclaró un poco la voz. —Carol, me llamo Carol. — dijo ella. 

—Carol, ¿Has visto a un niño de camisa roja por aquí?— preguntó la fantasma. —No… aquí no hay niños.— dijo poniendo una sonrisa nerviosa. —Me alegro. — dijo la niña flotante. —Sí lo ves… llámame. — indicó. —Sin duda lo haré.— aseguró.

Así como llegó, la niña de vestido blanco se fue flotando hasta la puerta. Allí se reviró hacia él, haciendo que unas gotas de sudor cayeran por su frente. —Me llamo Mary. — se presentó. —Para llamarme, dí mi nombre tres veces frente a un espejo. — la puerta se cerró de un portazo cuando se alejó.

Carlos, por su parte, hundió su rostro en la almohada de la cama vieja que tenía junto a él y gritó con todas sus fuerzas, logrando ahogar su escándalo. Sin embargo, levantó la cabeza tosiendo virutas de polvo. —¿Qué ocurre en este lugar?— se llevó las manos a la cabeza.

Pudo ver la sombra del vestido por la luna, fue así como sintió la necesidad de ver su reflejo. —No puedo creer que esto funcionara de verdad…— se miró de arriba abajo. —En verdad parezco una niña.— confesó Carlos, manteniendo esa voz aguda sin tantos problemas.

Volvió a ver el interior del armario. Oculto en una caja, estaba toda esa ropa de niño que se cambió por el vestido colgado en el armador. Fue todo una acción desesperada que se le ocurrió como último recurso delirante.

Intentó volver a ponérsela, pero recordó a Mary fantasma y cambió de parecer. —Al menos el vestido está seco. — murmuró mientras recordaba que su ropa de chico no estaba en el mejor de los estados. —Debo salir de aquí, eso es lo que importa. — se dijo a sí mismo antes de abandonar esa ropa en aquella habitación.

Sin embargo, para salir de esa mansión, aún tenía un largo camino por delante.


Continuará?

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martes, 20 de octubre de 2026

RETO DE HALLOWEEN - HISTORIA TG

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Escrita por Irene Naridza

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Ian era uno de esos chicos dispuestos a hacer todo con tal de impresionar a sus amigos de la escuela. Él y su grupito hacían competencias donde siempre intentaban demostrar quién era el más valiente y osado. Cosas como ver quién aguanta la salsa más picante, quién aguanta más tiempo bajo la piscina, quién levanta la piedra más pesada del camino y por supuesto, quién aguanta más tiempo viendo las películas más terroríficas que sus padres no les permitían ver.

Su actual marcador no era favorable para Ian. Había corrido a beber agua con la salsa menos picante, había sido el primero en salir a la superficie de la piscina, solo había logrado levantar una piedra del tamaño de su puño. Nada exagerado comparado con lo que sí comprometió su reputación en toda la escuela.

Estaba en una pijamada en la casa del árbol de Carl, uno de sus compañeros en ese nuevo reto. Carl se había metido al cuarto de su hermano mayor y había tomado una de las películas restringidas; Actividad Fantasmal 5. Una película tan aterradora que en los cines habían agregado rosarios en todas las butacas… o eso decía aquel hermano mayor.

Como en los anteriores retos, Ian dijo que sería pan comido, pero le dió tanto miedo que literalmente se orinó, siendo la causa de que fuera el primero en irse. El rumor corrió como la pólvora y no había momento en el que no se lo recordaran, así por un año entero.

Intentando limpiar su nombre, propuso un nuevo reto de terror en esa noche de Halloween que se acercaba. Carl propuso que vieran Actividad Fantasmal 6, que recién había salido, pero su hermano ya tenía el DVD en HD. 

Ian se negó antes de decir que se retiraba porque olvidó algo en alguna parte. En realidad fue al baño, el solo recuerdo de la anterior película era suficiente para hacerlo temblar de terror.

Sabiendo que si aceptaba el reto de la película, volvería a hacer el ridículo, intentó idear otro reto. Fue cuando se le ocurrió una brillante idea. En el pueblo donde vivía, había un bosque entre ellos y la ciudad más cercana. Era común ver venados, conejos, ardillas y otros animales inofensivos. Pero lo que desentonaba en todo ese paisaje verde, era una antigua mansión abandonada de la que todas las ancianas raras decían estar embrujada.

Había varias historias que se contaban de ella en su escuela, como que allí vivía una bruja que almorzaba perritos y cenaba niños, que en ese lugar rondaba un aterrador asesino con un garfio y que los vampiros descansaban allí durante el día.

Ian no le tenía miedo a nada de eso. ¿Las brujas? No se preocupó pues pensó que estarían en el bingo. ¿El supuesto pirata? pensó que se habría mudado más cerca del mar. ¿Los vampiros? Pensó que como irían de noche, estos ya estarían espantando en las catedrales.

Lo que hubiera sido un problema serían los fantasmas, pero como ninguna de las historias decían que estos rondasen por esa mansión, pensó que pasar la noche de Halloween sería pan comido. Al resto de sus compañeros les pareció una idea genial y aceptaron de inmediato.

Así fue como esa noche, llegaron todos juntos hasta ese lugar. La mansión sobresalía entre los árboles, ninguno era tan alto como ella. La luz de luna llena permitía ver la opaca pintura color cereza de las paredes, algunas de las cuales estaban peladas o con símbolos extraños.

No había ni una sola ventana intacta, todas estaban quebradas. El viento que empezaba a ulular pasaba por las puertas, haciendo sus bisagras rechinar en una cacofonía que ponía los pelos de punta. Todos entraron e hicieron un improvisado campamento en el salón principal. Lleno de telarañas, polvo y muebles destrozados por el tiempo.

– ¿Por qué traen canastas? –  preguntó Ian. – No vamos a pedir dulces. Tal vez nos quedemos aquí toda la noche. –  aseguró. – Sí claro. – contestó Carl. – Contigo aquí, probablemente no nos quedemos mucho. –  agregó, molestando a Ian. – Por eso traje mi disfraz. Me cambiaré para volver al pueblo. – comentó Ángela, una de sus compañeras.

Para evitar el aburrimiento, cada uno empezó a contar una historia de terror. De esta forma, cada uno de ellos fue rindiéndose y saliendo del salón aterrados. Ian también lo hubiera hecho, pero con tal de ganar su propio reto, había puesto pegamento donde se sentó, así no podría salir corriendo aunque quisiera.

Al final, solo quedaban Ian y Carl. Fué cuando sopló una ventisca que hacía al viento silbar por los pasillos, sonido que se asemejaba a los susurros de niñas pequeñas. Carl no pudo más y salió corriendo con su linterna. Ian lo hubiera dejado atrás en un parpadeo, pero el pegamento que usó era tan fuerte que ni tratando con todas sus fuerzas podía ponerse de pie.

El viento sopló con más fuerza, arrancando una cortina vieja y desgastada de una de las ventanas. Esta terminó cayendo sobre Ian, quién pensando que era un fantasma, dió un brinco con tanta fuerza que arrancó sus pantalones del suelo. Hubiera salido gritando también, pero su mente se bloqueó en ese momento.

Al rato reaccionó y se dió cuenta de que era tan solo una cortina gris y que ahora había dejado inutilizables sus pantalones. Por un lado, estaba feliz de haber ganado su reto, pero no quería opacar su logro con una nueva vergüenza.

La vergüenza a veces era un sentimiento más fuerte que el miedo. Entonces recordó que vivía a la mitad del vecindario. Si quería llegar a casa antes de la hora que indicó su madre, tendría que pasar en frente de muchos testigos.

Por un momento pensó en la cortina, la cual seguía teniendo en cima, pero esta era muy transparente. Dió un vistazo a su alrededor, intentando encontrar otra cortina, en su lugar, vió algunos de los bolsos que sus compañeros habían dejado tirados al priorizar salir corriendo del miedo.

Los revisó en busca de algo que pudiera usar. Lo que descubrió le cayó como un baldazo de agua fría. La sola idea de usar lo que había encontrado le resultó irrisoria. Negó con la cabeza para ahuyentar ese pensamiento, pero una fría ráfaga nocturna que se colaba por las ventanas rotas del lugar le hizo recordar que si no se ponía algo pronto, la vergüenza sería el menor de sus problemas.


5 MINUTOS DESPUÉS.

Ian se encontraba caminando de forma tímida por uno de los senderos del bosque. El sonido de los grillos y el ulular de los búhos que lo hacía sobresaltar le recordaban que aún le faltaba mucho para llegar al pueblo. Eso era malo, pues odiaba tener que caminar tanto en esas condiciones, pero también bueno, pues tenía más tiempo para pensar en una excusa que sonara creíble.

El viento volvió a soplar, pero esta vez, no tuvo casi efecto. – Lo peor es que son cómodas. –  pensó Ian, rojo de vergüenza mientras seguía caminando. Su nuevo atuendo constaba de un vestido negro con volantes blancos y mallas oscuras con patron de murciélagos. Aquél era el disfraz de Ángela, lo había olvidado junto a su bolsa al salir corriendo en la primera historia de terror.

– Ojalá piensen que es solo un disfraz raro de Halloween. – murmuró, casi como una súplica, mientras notaba que la luz de la luna llena hacía que la sombra de su silueta se marcara al costado del sendero. Podía verse a sí mismo con ese vestido casi a detalle. Ian quitó la mirada e intentó perderse en sus pensamientos. Cosa que funcionó, pues no notó que su sombra se había revirado hacia él y esbozaba una sonrisa rojiza iluminando las tinieblas.

FIN

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jueves, 15 de octubre de 2026

REVANCHISMO HISTORIA TG

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Escrita por: “Irene Naridza”

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—No soy tu hija, soy tu maldito ex-jefe, déjame ir…— La pequeña bebé no pudo decir más debido al biberón que Bárbara puso delicadamente en sus labios. La leche tibia, el suave movimiento y el melódico arrullo sirvieron para que se quedara dormida rápidamente.

—Ha sido un día tan agotador que siento como si en verdad mi pequeña Iris hubiera hablado. — dijo Bárbara mientras depositaba a la bebé en su cuna. Salió del cuarto después de darle un besito de buenas noches.


HACE ALGUNOS AÑOS.

El esposo de Bárbara la dejó por otra mujer justo cuando le aseguraba que formarían una familia juntos. Se hubiera quedado completamente sola si no fuera por su hermana. Sin embargo, algo se mantuvo roto en ella.

Ella estaba segura de haberse quedado embarazada, decía que incluso podía notar su vientre crecer. Su hermana la llevó con doctores que le explicaron que se trataba de un ‘pseudociesis’, es decir, un embarazo psicológico, NO era real.

Eso la sumió en una profunda depresión que la llevó a aislarse en casa. Se mantenía tirada en la cama sin querer moverse. Su hermana la siguió ayudando, casi forzándola a comer.

Pasó así por algunos meses hasta que esa navidad, ella le regaló un chuchubello, es decir, una bebé de juguete. Bárbara empezó a cuidarla como si fuera real y de poco a poco, fue reconstruyendo su vida. —No puedo dejar que mi bebé crezca en un entorno sucio y desordenado. — era lo que decía.

Bárbara había vuelto a trabajar, a sonreír y visitar de forma regular a su hermana, siempre llevando a la bebé de juguete con ella. Le había comprado incluso un cochecito donde la transportaba y la mecía mientras estaba en su trabajo de oficina. —Eres el sol de mi vida, Iris. — le susurraba siempre.

La gente empezó a verla como una mujer poco cuerda, en su trabajo incluso empezaron a dudar de su rendimiento. Le comenzaron a exigir pruebas psicológicas donde buscaban comprobar que su estado mental no resultara en nada peligroso.

Todos los diagnósticos descartaron que pudiera hacer algún daño a los demás, pero recalcaban que el apego de Bárbara con la bebé de juguete era potencialmente peligroso para sus propios sentimientos.

Eso no le fue suficiente a Ivan, su jefe, quien buscó un propio psicólogo al que pagó para que redactara un diagnóstico sesgado donde recalcaba que ella sí era peligrosa para su entorno, pues; amaba tanto al juguete que podría hacerle daño a alguien si tan solo llegaba a tocarla. 

Eso nunca había pasado, pero al ser el diagnóstico de un ‘profesional’, sirvió para esparcir el miedo y como base legal para despedirla. Este documento fue cargado en la base de datos del historial civil, donde ahora todos los contratistas podían verlo y dudar de ella.

Así fue como Bárbara terminó nuevamente aislada y sin entender el porqué. Su hermana fue la única en extenderle la mano al pedirle a Tatiana, su jefa, que la contratara como secretaria en su pequeño negocio de gestión de publicidad. Prometió que Bárbara no presentaría problemas y que ese supuesto diagnóstico estaba viciado.

Tatiana aceptó, diciendo que ya conocía ese tipo de prácticas y que ese psicólogo siempre redactaba diagnósticos bajo sobornos, pero como sabía ocultar muy bien sus pasos, cualquier acusación era tildada de rumor sin fundamentos serios en los tribunales.

Bárbara demostró ser una buena secretaria en su nuevo trabajo, dando un buen rendimiento y siempre presentando lo que se le pedía en el tiempo acordado. Así pasaron meses donde todo marchó bien. Bárbara era eficiente y feliz junto a su bebé de juguete, la pequeña empresa empezaba a crecer y todas las trabajadoras se beneficiaban de ello.

La empresa fue superando a su competencia, entre las que se encontraba el antiguo trabajo de Bárbara. Su ex-jefe sabía que no había mucho que pudiera hacer, aún así, quiso tener una especie de revancha, por lo que buscó a un criminal de poca monta al que le dió instrucciones.

Al siguiente día, justo en su hora de salida, Bárbara salía empujando el cochecito con su bebé. Estaba por subir a su auto cuando un sujeto la sorprendió, pero no se abalanzó sobre su bolso, tomó al juguete y lo arrojó al suelo. Bárbara se desesperó, pero no pudo arrojarse a recuperarla.

El sujeto la aplastó de un solo pisotón, dejando a Bárbara tan impactada que no opuso resistencia cuando él le arrancó el bolso antes de huir. Solo cuando ella pudo tomar entre sus manos los pedazos de la bebé de juguete fue que pudo emitir sonido alguno, fue un llanto amargo.

La gente que pasaba, en vez de ayudar, lo vió como una escena extraña, una mujer adulta llorando por un juguete roto en lugar del asalto. Cuando su hermana llegó, pudo llamar a la policía.

Revisaron las cámaras, pero no pudieron identificar al sujeto, pues llevaba un pasamontañas y una capucha. Bárbara quiso poner una denuncia por homicidio, pero incluso el juez decidió fingir que lo hacía solo para evitar que hiciera un escándalo mayor.

Como no les fue posible encontrar al ladrón, pronto el caso se archivó. La impunidad se sintió más violenta que el propio atraco. 

Por su parte, Tatiana sabía exactamente quién había enviado a aquel sujeto, no había duda alguna, pero tampoco prueba que sirviera ante un juez. Fue cuando decidió desempolvar una caja con viejos contactos que había hecho a lo largo de la trayectoria de su empresa.

Hace varios años, cuando aún eran un negocio con un puñado de trabajadores, una mujer mayor vino pidiendo que le hicieran unas pancartas para publicitar sus servicios de bruja. Tatiana creyó que era alguna charlatana, hasta que la anciana le dió vida a un pequeño arbusto para convertirlo en un caballo que la ayudara a llevarse las pancartas.

La anciana le dejó su tarjeta, diciendo que si bien no podría pagarle todo el dinero en ese momento, podía pagarle con sus servicios en un futuro. Al ver la magia genuina, Tatiana accedió a ese trato solo para no ser lastimada, pero ahora venía la oportunidad perfecta para cobrarlo. 

No solo era justicia para Bárbara, era para quitarse de encima a alguien nefasto que además era su competencia.

Una sola llamada bastó para que la anciana apareciera de entre las sombras en la oficina de Tatiana. Ella le explicó que quería encargarse del ex-jefe de Bárbara, pero la bruja negó con la cabeza. —No confundas mis servicios mágicos con los de un vil sicario. — dijo algo ofendida.

—Bueno… quiero hacer que desaparezca. No me importa si lo matas o lo conviertes en rana. — contestó Tatiana. —¿Convertirlo en rana? eso ya está tan pasado de moda que la sola idea me aburre. — objetó la anciana.

—Entonces…¿tienes algo en mente?— preguntó Tatiana. —Por supuesto. — exclamó la anciana. —Últimamente estaba perfeccionando mis pociones de regresión de edad, probarlas con vagabundos es útil, pero no puedo comprobar si el mundo entero nota su ausencia. — la anciana movía su dedo en el aire, recordando sus pruebas más recientes.

—En ese caso, no sería nada más que un beneficio para tí. — Tatiana dudó del plan. —Claro que no, querida. — flotó por la oficina hacia ella. —Salir de la protección de mi bosque en este moderno mundo lleno de cámaras es un riesgo. Además… tendré que hacerme cargo de la niña si la poción funciona sin problemas. — se justificó.

—Espera… ¿Qué niña?— preguntó Tatiana levantando una ceja. —Si le doy una poción de regresión de edad a una persona, se transformará en una niña pequeña, incluso una bebé, todo depende de la potencia con la que lo ajuste. — explicó.

—Y… ¿podrías hacer que esa niña… o bebé… pasara a ser la de alguién más?— propuso, haciendo que la bruja se girara a verla fijamente. —Sería poco usual… pero… claro. — aseguró. —¿Tienes a alguien en mente?— preguntó bastante interesada, Tatiana sonrió ampliamente.


UN DÍA DESPUÉS.

Bárbara era una de las mejores secretarias en la empresa de gestión de publicidad de Tatiana. Desde que su única competencia se había desmoronado con la desaparición de Ivan, su jefe. Esta había adquirido todos sus clientes y se había consolidado como la empresa dominante en su campo.

Bárbara siempre hablaba de cómo su bebé, Iris, estaba creciendo como una niña sana. Su hermana también disfrutaba de pasar tiempo junto a la pequeña.

En lo profundo del bosque cercano, una bruja había tomado nota de su más reciente prueba. —Todos creen que la niña siempre existió… pero la gente aún recuerda a Ivan. — murmuró mientras veía sus notas. —Podría perfeccionarla y hacer que la gente olvide completamente la vida del sujeto tras transformarse…— pensó mientras veía su estación de trabajo.

—Puag…— dijo antes de tachar en su libreta. —Es mucho trabajo. — descartó sus ideas. —La poción ya es perfecta como está.—

De repente, la bruja notó que una mujer había llegado en un auto hasta su casa —que también funcionaba como local— La anciana la reconoció de inmediato.

—Meredith, recoge y ordena esto devuelta en las alacenas. — ordenó a una joven niña que cargaba frascos con ingredientes peculiares. Usaba un vestido pomposo con volantes blancos y una pañoleta en su cabello marrón rizado. 

—Sí, Señora.— contestó sin mucho ánimo. —¿Podrías mostrar una mejor cara?— se cruzó de brazos. —Esto es mejor que tu vida como un hombre adulto y vagabundo que buscaba comida en la basura. — regañó la bruja. —Es que… tengo miedo…— susurró la niña. —Por millonésima vez, ya te dije que no te voy a comer. — se agarró el puente de la nariz. —La propaganda contra brujas es bastante atrevida. — Era un estereotipo que la molestaba bastante.

La bruja se quitó su delantal y se alistó para atender a una potencial nueva clienta, llevándose consigo la poción.


FIN

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--------------- Opinión de la Autora ---------------

  • Esta es otra de las historias más viejas que tenía en la sección de borradores, teniendo incluso ya su ilustración. Para evitar malentendidos con DeviantArt, tuve  que re-hacerla. 



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