viernes, 8 de mayo de 2026

POR CUALQUIER MÉTODO - HISTORIA TG

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Escrita por: “Irene Naridza”

Imagen IA hecha por CHAT-GPT: https://chatgpt.com/

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EN ALGÚN LUGAR DE ECUADOR.

Era un día tranquilo en un lugar apartado de la ciudad. En una cafetería con un puñado de clientes, había un grupo de chicas con vestidos de sirvienta atendiendo a los clientes con sonrisas amplias.

Era una cafetería con temática de Maid. Esta era una estrategia divisiva, por un lado, había un determinado grupo de gente que amaba esas temáticas, en especial si las chicas eran bonitas. Por otro lado, era algo considerado inadecuado por buena parte de la sociedad y que te vieran allí podía manchar tu reputación.

Por eso el lugar nunca llegaba a llenarse completamente, pero tampoco estaba vacío. Siempre llegaban aquellos con poca o nula reputación y los que poco o nada les importaba lo que dijeran de ellos.

Había docenas de cafeterías en la ciudad. Podían ser como las demás, más “amigables” para el público general o continuar con su temática atendiendo a ese nicho que ya habían formado. La dueña consideró la incertidumbre un riesgo que no podía asumir.

Allí trabajaba un grupo de 5. Dos cocineras, una cajera y dos meseras. Muchas habían pasado por allí, pero la presión social había hecho que renunciaran y buscaran algo menos comprometedor. Las que quedaban estaban porque su necesidad de dinero era más importante que los chismes de gente extraña.

La dueña, una de las cocineras, era quien dirigía el lugar y conocía las mejores recetas. Su asistente en cocina eran su hija mayor y su hija menor. Ambas eran universitarias que trabajaban allí a medio tiempo para ayudarla. Una por la mañana y otra por la tarde.

En la caja estaba Selena, sobrina de la dueña que ya se había graduado. Por otro lado, las dos meseras eran nada menos que Luis y Marcelo. Dos chicos que Selena había conocido en la universidad. No eran los chicos más avispados del lugar y seguían intentando graduarse de la carrera de contabilidad.

Antes ellos trabajaban en un bar como meseros ya que era algo que no les era complicado. Pero por mala suerte, la mano del crimen organizado golpeó el negocio. Los extorsionadores pusieron una bomba en el lugar cuando se negaron a pagar una vacuna. Lo que no se destruyó por la explosión, se quemó en el incendio.

Todo el personal se quedó sin trabajo y el dueño tuvo que vender el terreno a una empresa extranjera que quería poner un Airbnb. Los vacunadores, aunque fueron arrestados. Salieron en libertad a las pocas horas bajo “medidas sustitutivas” ya que no encontraron pruebas suficientes o eso dijo el juez. En realidad, le dieron 70 dólares cada uno y él los dejó ir.

Ese evento coincidió cuando las anteriores meseras del turno vespertino renunciaron. Selena repartió panfletos por su universidad con la oferta de trabajo, pero casi nadie se animó. Fue cuando Luis y Marcelo se le acercaron preguntando si podían aplicar para el puesto. Ella les dijo que solo buscaban mujeres, pero que, de todas formas, los llamaría si surgía algo. 

Al final de la semana, ninguna chica había aplicado. Al informarle a su tía, ella palideció. Decidió hacer una excepción con su regla y admitir chicos. Los primeros en tomar el puesto fueron Luis y Marcelo, quienes tuvieron que usar un traje de mayordomo.

La recepción no fue nada favorable, la clientela que habían formado quería chicas lindas con vestidos de sirvienta y mallas blancas, ninguna otra temática. La dueña notó esto al revisar las cámaras del local.

Temiendo que su negocio se viniera abajo, decidió hacerle una oferta al dúo. Que se vistieran como chicas o que fueran despedidos. Los chicos en verdad necesitaban el trabajo, en Ecuador no hay quien viva con poco dinero, ni se diga sin un sucre.

Fue así como llegaron temprano al local. Las hijas de la dueña pasaron varios minutos maquillándolos y arreglándoles extensiones de cabello para que lucieran lo más natural posible. Para la voz les dieron miel y extracto de manzanilla, no sonarían como ángeles, pero tampoco como varones veinteañeros.

Entonces vinieron los vestidos, estos eran negros, con dobladillos blancos. El delantal era aparte. Las pantimedias y los zapatos negros de hebilla eran prendas genéricas. La cofia blanca ayudó a sujetar las extensiones en su lugar.

Luis estaba por morir de vergüenza, pero Marcelo estaba más resignado. Las chicas hicieron tan buen trabajo que ningún cliente notó la diferencia, ellos estaban contentos con que las ‘chicas lindas’ hubieran regresado.

La actitud nerviosa de Luis fue interpretada como una tierna timidez, típica de algunos personajes de animes, lo que les fascinó a los clientes. Marcelo era quien trabajaba de forma más serena.

Hubo pedidos de cafés simples, de capuchinos, mocaccinos con empanadas, pasteles de chocolates o tortillas de papa con centro de omelette.

Al terminar ese primer día, su jefa les dijo que lo habían hecho bien y que sería el primero de muchos. Lo que parecía un reto, ahora era una rutina. los días se volvieron semanas y luego en meses. La dueña le pidió a Luis que mantuviera su actitud nerviosa pues encajaba con su ‘personaje’, en realidad no tenía que pedirlo, Luis seguía sin adaptarse del todo.

La situación mejoró un poco. El Maid Café aumentó su número de clientes, el dúo logró ganar dinero suficiente para mantenerse e incluso ahorrar.

En cuanto a su antiguo trabajo, el negocio de Airbnb quebró por sus excesivos precios y porque su formato no era compatible con un lugar tan irregular. El anterior dueño logró comprar el local a la mitad del precio por el que lo vendió y volvió a poner su negocio de bar, el cual pudo mantenerse a flote. Aunque nadie sabía de dónde sacó el dinero.

Los vacunadores volvieron otra vez, pero el que debía poner la dinamita fue torpe y el de la moto fue alcanzado por el populacho y bueno… ya no serían un problema para nadie más. No era la mejor forma de lidiar con los vacunadores, pero era el único método que le quedaba a la ciudadanía. 

Luis se vio tentado a volver a su anterior trabajo para dejar los vestidos y las sonrisas fingidas. Su anterior jefe apenas lo reconoció por que, tras un año de cuidados femeninos, sonaba y lucía de forma afeminada. De todas formas, le dijo que ya tenía llena su nómina.

Luis no se rindió, decidió buscar en otros lugares. Hoteles, centros comerciales y restaurantes. Pero se repetía la historia; ya tenían a todo el personal que necesitaban o pagaban menos que en su actual trabajo.

Como ya no dependía tanto del Maid Café, Luis estaba dispuesto a dejarlo y buscar algo diferente, aunque pagara un poco menos. Fue cuando su amigo Marcelo lo detuvo.

“No pensarás en renunciar justo ahora, ¿verdad?” le preguntó mientras se arreglaban para ir a su turno. Tras ese año, habían aprendido a maquillarse solos, tampoco necesitaban extensiones ahora que habían dejado crecer su cabello, solo cuidarlo y peinarlo.

“Estoy cansado de toda esta tontería.” dijo Luis mientras se aplicaba sombra de ojos. “Una tontería sería dejar un buen trabajo solo porque no puedes hacer un pequeño sacrificio.” replicó Marcelo antes de ponerse labial.

“Siento que mantener esta identidad falsa y ese aspecto andrógino en público es mucho por solo el sueldo mínimo.” volvió a objetar. “Al menos es un lugar estable, ya somos empleados vitales. No pueden despedirnos tan fácilmente como lo harían en otros lugares.” dijo mientras ayudaba a Luis a ponerse la cofia.

“¿No ves la realidad? Casi no hay trabajo para profesionales con título, mucho menos para alguien que todavía no tiene el suyo.” terminó de ajustarle unos moños en el cabello a su amigo. “Además… ¿no querías tú tener una PC GAMER?” le dio un codazo suave en el costado.

“Este año sale el GTA VI. ¿Acaso quieres estar en un trabajo peor pagado y con menos dinero para esas fechas sólo porque te molestaba usar vestidos?” Rodeó con su brazo a su amigo, quien empezaba a reflexionar sobre su situación. “Vamos, Luis. Has este pequeño sacrificio.” lo animó.

Él se quedó pensativo mientras veía el reflejo de ambos, casi irreconocible de las figuras masculinas que hace un año solía ver. Las palabras de Marcelo calaron profundo, imaginó su cuenta bancaria enflaqueciendo y esforzándose para llegar a fin de mes.

“Está bien.” dijo finalmente. “Pero el GTA VI sale solo para consola.” Tomó su bolso, no eran tan necesarios que los tuvieran, pero Marcelo lo había convencido de que eran más versátiles e ideales para su trabajo. “Lo compraremos a medias antes de que vuelvan a subirle el precio.” propuso. “Trato hecho.” respondió Marcelo sin demora.

Salieron de su departamento, ignorando miradas curiosas y susurros extraños. Les esperaba una larga tarde como meseras, una clientela que disfrutaba de su atención, unas compañeras de trabajo amables y un cheque decente a fin de mes.

FIN

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----------- Si te gustó la historia y puedes permitírtelo, considera apoyarme en "Buy me a coffe"

... cuando me cree uno :V -----------


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Enlaces próximamente...

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----------- Gracias por Ver -----------


lunes, 20 de abril de 2026

LIBERANDO PRESIÓN - HISTORIA TG


-- Escrito por “Irene Naridza”

Simond volvió rápidamente a casa después de un aburrido día de escuela, sabía que tendría la casa solo para él en esa tarde. Su madre y su hermana mayor habían salido de viaje por un pedido de vestidos. 

Ambas eran costureras y tenían un taller propio en la ciudad. A veces tenían pedidos especiales donde tenían que ir a recopilar información que era más eficiente recogerlos personalmente, tales como medidas o preferencia en telas que tuvieran disponibles.

Ellas a veces también realizaban diseños de vestidos propios para venderlos a las tiendas en distintos lugares de la provincia. Era por eso que en casa tenían un cuarto donde guardaban todas las muestras junto a otros materiales de confección. Simond sabía dónde ocultaban una copia de la llave. ¿Por qué?

Simond tenía un secreto, le gustaba la ropa de niña. No sabía qué fue lo que le dió la idea de probarse la ropa de su hermana por primera vez, pero agradecía ese empujoncito. Estaba solo en casa y vio un par de mallas blancas de su hermana tiradas en el piso. Fue en ese momento que sintió como si algo lo abrazara y lo hiciera sentir que encontró algo que ahora no quería dejar ir.

Por mala suerte, la presencia de su estricto padre siempre lo hacía sentir nervioso, aunque, no estuviera haciendo nada malo. Su padre tenía un carácter impredecible y aunque no llegaba a los gritos, cualquier error podría desatar sus violentos regaños. 

A veces llegaba al discurso lastimero donde resaltaba que su infancia fue más dura y aun así nunca cometió tantos errores ni se deprimía. Como no podía faltar, terminaba llamando a todos unos débiles sensibles.

Si alguien se atrevía a cuestionarlo en medio de su cantaleta, ahora sí alzaba la voz al punto que su esposa tenía que insistirle en que se calmara. Todos odiaban tener que andar de puntillas para no alterar el carácter de ese hombre, era un esfuerzo agotador.

Simond había asumido correctamente que confesar sus nuevas preferencias a su padre era una pésima idea. Como no estaba seguro de cómo reaccionaría su madre o su hermana ante su secreto, tampoco se los había dicho.

Cuando un día su padre simplemente se fue sin dar explicaciones, a Simond no le interesó preguntar ni entender porque lo hizo, no podía estar más alegre de que esa presencia que lo incomodaba en su propia casa hubiera desaparecido. 

Así habían pasado ya varios meses donde Simond llegaba a casa y sentía que era un verdadero refugio y no otro lugar de presión contínua.

Simond siempre se aseguraba de estar completamente solo y que nadie volvería a casa por las próximas horas antes de ir a su escondite donde guardaba algunos pares de mallas – que le había robado a su hermana – y luego ir hasta aquel cuarto de vestidos.

Le parecía algo mágico el encender las luces y ver los percheros destacar con toda esa variedad de colores y formas delicadas que parecían llamarlo. A veces escogía uno que le gustaba, a veces uno que no se había probado antes y otras veces simplemente uno que le llamara la atención.

Subirse la cremallera de la espalda le transmitía una sensación de ‘No hay vuelta atrás’ ya que muchas veces le sería imposible volver a abrirlo sin ayuda. Era como si la situación misma le dijese; “Ahora estás así y no tiene salida.” lo que le servía de perfecta excusa para quedarse en esa forma femenina.

Por seguridad, había desarrollado una forma de subirse y bajarse el cierre del vestido por sí mismo. Usaba un gancho que había cortado de un armador, le había hecho también un agujero por donde pasó una piola. Era portátil y compacto.

Solo tenía que atar el otro extremo de la piola a algún punto alto y firme, pasar el gancho por el agujerito que tenían casi todos los jaladores y comenzar a retroceder lentamente. El cursor cedía y empezaba a subirse, ajustando la presión del vestido mientras se sellaba en su sitio. Cuando llegaba arriba, solo tenía que quitar el gancho y Simond estaba finalmente en el vestido escogido.

Cuando quería quitárselo; se arrodillaba y ataba la piola a algún lugar bajo y firme. Volvía a pasar al gancho en el jalador y se ponía de pie lentamente, sosteniendo los lados de la espalda del vestido para que el cierre no se arrancara. La presión iba mermando hasta que estaba abierto.


El verse al espejo tras estrenar un vestido era de los mejores momentos, se veía ‘bonita’, se sentía como si hubiera obtenido algo que estuviera esperando por mucho, a veces la sonrisa que esbozaba dejaba escapar risitas. 

A parte de las mallas, adicionaba algún par de zapatos princesa de su hermana, alguna de las pelucas de los maniquíes y otros complementos que venían con los vestidos tales como; guantes princesa, tiaras o listones para el cabello. Había aprendido a hacer moños perfectos ya que algunos vestidos tenían lazos en la parte trasera.

Cuando terminaba, era una niña la que aparecía en el reflejo de los espejos por los que Simond pasaba, eso le era inequívoco y no estaba dispuesto a discutirlo. Ella le sonreía de vuelta e incluso le guiñaba el ojo.

Era entonces cuando empezaba a hacer cosas cotidianas como; almorzar en la cocina, realizar los deberes de la escuela en la sala, ver televisión en el sofá o cualquier cosa que su madre le hubiese encargado. Lo mejor de usar vestidos y mallas, era actuar con normalidad como si fuese cualquier otra niña teniendo un día normal.

Fue mientras terminaba de pasar el trapo por la ventana de la sala que vio el auto de su madre estacionarse silenciosamente frente a la cochera. De inmediato, corrió hacia el cuarto de vestidos, no sería la primera vez que tenía que ir, quitarse el vestido, ponerse su ropa normal y volver a su habitación en un frenético tiempo récord.

Se llevó la mano hacia la cremallera en la parte posterior superior del vestido, ya presentía la presión del vestido liberándose, sin embargo, algo lo hizo detenerse en esa ocasión. Se quedó estático pensando por un momento. Ya le había empezado a cansar el tener que despedirse de los vestidos tras tan pocas horas de disfrutarlos.

Concluyó entonces que, tal vez era otra la presión de la que debía liberarse. Corrigió su camino y se dirigió a la sala donde se ajustó la falda del vestido antes de sentarse cruzando las piernas. Puso su mejor sonrisa mientras esperaba a que su familia cruzase por la puerta.

FIN

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----- Si por allí encuentran alguna falta de ortografía, por favor, háganmelo saber -----


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domingo, 19 de abril de 2026

ARETES DE ROSAS - LA NIÑA DE MAMÁ - HISTORIA TG

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Escrito por “Irene Naridza”

Imagen IA hecha por CHAT-GPT: https://chatgpt.com/

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Los hábitos son algo que se plantan muy fuerte en las mentes de las personas. Mi memoria muscular está tan acostumbrada que hoy llegué, me duché y me alisté con mi traje de ballet. Estaba de camino a la parada de autobús cuando recordé que ya habían terminado las clases. Regresé rápidamente usando el sendero trasero, como siempre, estaba solitario.

Ahora que ya no tengo que ir a clases de ballet, las cosas se sienten extrañas. Esas tardes de martes y jueves de entrenamientos en el salón de Madame Melody, charlando con Olga, Jennifer y las otras chicas… ya no están, ahora son solo tardes solitarias en casa.

Para no perder la costumbre ni elasticidad, tomé la grabadora de mamá de la sala y la subí a mi habitación. Reproduje un disco con música de danza para ballet que Madame Melody nos dio al principio de la academia. Me puse a practicar un par de movimientos y estiramientos. Estuve ahí por una hora, lo que solían durar las clases.

Fue entonces que me puse a hacer los deberes. Mis maestros no perdonan ni en fechas navideñas, nos mandaron casi a reescribir la enciclopedia. “Tienen hasta el próximo año.” fue la excusa que dieron en un intento de mal chiste.

Hoy Darwin tampoco perdió su oportunidad de ser un estorbo. Estaba en la cafetería durante el recreo haciendo el mayor ruido posible. Jugaba con nuestros compañeros a voltear tazos, un juego aparentemente común en latinoamérica. Lucio, uno de los niños extranjeros, nos enseñó el juego: pones los tazos en el suelo, los golpeas arrojándoles otros tazos y si volteas el que está en el suelo, lo ganas. Desde entonces se volvió un juego algo popular.

En un momento, Darwin  ganó un tazo de aluminio de Pokémon, precisamente, de Lucio. Este de inmediato se negó a entregarlo y en cambio le ofreció su llavero de calavera con ojos rojos. Una artesanía que decía, las hacía su padre allá en Ecuador enteramente con materiales reciclados.

Darwin aceptó, pero no esperó. Se lo quitó de un manotazo, sacó las llaves una a una y se las fue tirando al suelo, el otro chico las recogió sin decir nada. Intenté ignorarlo y comer mi refrigerio – un sándwich de pollo y batido de fresa que siempre me prepara mamá – Pero un barullo volvió a captar mi atención.

“Vean esto, VEAN ESTO.” gritó Darwin. Al levantar la vista, estaba en una de las mesas. Lo vi tomar el limón de un vaso vacío y pedirle a uno de sus amigos que lo sostuviera tras su oreja. Entonces sacó una aguja de coser – misma con la que a veces nos molesta pinchándonos – y la calentó con un mechero rojo. Entonces atravesó su oído con un movimiento rápido.

Todos emitimos jadeos de asombro. Empezó a pasar la argolla del llavero por la perforación cuando decidí que no quería ver más. Tomé mi comida y me fui corriendo mientras algunos lo empezaban a aplaudir.

Darwin se pasó el resto de la tarde paseándose levantando los hombros, señalando su oreja y repitiendo; “Mira mi pendiente.” y “Sin anestesia.” Fue un alivio que llegara la hora de salida antes de que intentara mostrármelo.

Buscaba una salida secundaria para evitarlo cuando pasé cerca de la sala de profesores. Los escuché decir: “Feliz Navidad, inmundos animales.” antes de reír como hienas. Hablaban de cuántos deberes nos dejaron cada uno como si fuera la puntuación de esos videojuegos de máquina que hay en las pizzerías. En serio hay algo mal con ellos.

Me perdí redactando ensayos sobre independencias y otros eventos históricos usando libros de la escuela. Cuando tomé una pausa para descansar mis dedos, noté que el esfero se había quedado marcado en mi dedo índice. Afuera ya había anochecido completamente.

El sonido de la puerta anunció que volvió mamá, ella estaba muy sonriente. Ese brillo inusual ya lo conocía, tendría una cita esta noche. Había traído un paquete de comida congelada para el microondas. Me dijo que comiera y que no me preocupara por ella. Era un plato de pollo, arroz y verduras. Decidí que sería el perfecto descanso comerlo en la sala viendo televisión.

Mamá no suele comer conmigo cuando va a salir de cita, eso porque dice que comerá en un bar, o si es más formal, lo hará en un restaurante. Normalmente sale de cita los viernes o en fines de semana, pero la recuerdo decir que mañana no tendría turno alguno. La clínica privada donde trabaja no siempre le da el mismo horario. Hay semanas donde trabaja poco y semanas donde solo llega a ducharse, comer y decirme que no haga nada tonto mientras ella no está.

Decidí que haría el resto de esa tonelada de deberes al siguiente día. Cuando subí hacia mi habitación, ella tenía la puerta de su dormitorio abierta. Ella ya tenía su mejor vestido y estaba terminando de maquillarse en su tocador. Le dio un beso volado con su labial fresco a su propio reflejo antes de buscar algo en esa cajita de su joyero. De él sacó unos aretes de diminutas cadenas doradas de donde colgaban esferas blancas que brillaban.

“Te ves muy bonita, mami.” le dije, en verdad estaba muy deslumbrante y lista para su cita. Ella me miró por el reflejo del espejo. “Gracias, Nadia, eres un amor.” un calor invadió mi corazón.

“¿Qué te parecen mis aretes?” preguntó aún viéndome por el reflejo. “Son lindos.” desvío mi mirada al suelo alfombrado. “Me gusta cómo se ven.” agrego al devolver mi vista hacia ella. Noto que tenía una mirada inusual. Es la que pone mientras formula algún plan creativo en su cabeza, la he visto ponerla cuando me ayuda a hacer maquetas del colegio.

“Tienes buen gusto” Ella se pone de pie y se acerca hacía mí. Me aparto de la puerta para que pueda pasar, pero allí ella se agacha. “¿Te gustaría usar unos también?” pregunta poniendo su mano en mi hombro.

“¿Qué?” su pregunta me ha tomado por sorpresa. Tanto que ni siquiera noto que me empujó suavemente hasta el banquillo de su tocador hasta que noto un doble mío aparecer frente a mí, que no era más que mi reflejo en el espejo.

Buscó por un momento en ese mismo joyero y sacó una caja en miniatura de color rojo, al tocarla noto que es de eso que mamá llama terciopelo sintético. Cuando la abre, esta lo hace como si fuera un baúl, dentro había un par de aretes de rosas.

“Una de mis citas me regaló estos, pero el color rosado no es realmente mi color.” Tenían un capullo floreciente de color rosado, la aguja era de color dorado, al igual que una pequeña bolita que era atravesada por estos, debe ser un broche.

“Sería una lástima dejarlos olvidados para siempre. ¿Qué te parecen?” dice ella. “Están lindos… pero…” murmuro. “pero… no son de imán… no puedo usarlos.” levanto mi mirada hacia mi madre, quien no parece desalentada en absoluto. “Tengo la solución a ello, querida.” Ella camina hasta su armario. “Vamos a agujerearte los oídos. ¿Qué te parece?”  no tarda mucho tiempo encontrar una botellita pequeña y un artefacto extraño de color blanco. “Con esto será rápido y no te dolerá.”

“Mamá… no estoy seguro de esto…” Quisiera decirle que no, los chicos no usamos aretes, pero ese argumento sería redundante. Es más, siento que incluso estaría fuera de lugar porque en este momento estoy usando mallas celestes, shorts blancos y una blusa rosada. Son ropa de niña que ya tengo tan naturalizado usar en casa que no recuerdo habérmelas puesto.

“No… no me dolerá… ¿verdad?” mamá conseguirá que los use de todas formas, quiero evitarle molestias ideando planes para convencerme y a mí el tedio de tener que rechazarlos todos. Es aceptar lo inevitable. “Para nada.” responde ella.

“Primero.” dice al pasarme una liga cercana. “Recoge tu cabello para que no nos estorbe.” En un segundo, recojo mi cabello. Mi memoria muscular vuelve a actuar y me hago un moño rápido en lugar de una cola de caballo. “Perfecto.” Ella me levanta el pulgar.

“Este de aquí es un anestésico.” muestra el frasquito de antes, tiene un nombre impronunciable en letras azules. “Sabes. La clínica donde trabajo tiene una farmacia propia.” Dijo al asentarlo en el tocador, entonces abre un cajón de donde saca un cotonete nuevo de un frasco plástico.

“Allí hay un consultorio para cuando un paciente necesita ayuda para administrarse insulina o cualquier medicina que acabase de comprar.” Empezó a mojar uno de los extremos algodonados con el líquido del frasco. “A veces también llegan padres que quieren ponerles aretes a sus hijas. Es cuando usamos esto.” levantó el cotonete listo.

“Entumece la zona donde haremos la perforación.” Ella se agachó y empezó a frotar el algodón en el lóbulo de mi oreja derecha. La humedad y la suavidad del cotonete me hacen cosquillas. Me muevo un poco dando unas risitas. “Espera un momento, ya casi está.” dice ella al alcanzar de nuevo mi oreja y terminar de aplicar el fármaco. entonces camina hacia mi izquierda y repite el proceso.

No pasa mucho tiempo hasta que siento que comienza a hacer efecto, mis orejas se sienten ajenas. Ella entonces toma esa especie de pistola pequeña de color blanco. “Esto de aquí es una perforadora.” la muestra.

Tiene un mango con un gatillo negro, la parte superior tiene una forma cilíndrica y un espacio antes de la punta. Ella aprieta el gatillo para dejarme ver cómo del lado largo salía un pistón empujando una especie de micro soporte hasta presionar con el del otro extremo. “Con esto se hace la perforación y se colocan los aretes al mismo tiempo en tan solo un segundo.”

Deja el artilugio sobre el tocador antes de buscar en otro de sus cajones. Saca un atomizador que contenía alcohol desinfectante. Toma la cajita de los aretes y los saca con cuidado antes de rociarlos un poco. “Hay que procurar que todo esté bien esterilizado.” Tomó la perforadora y colocó con precisión el arete en un lado y el broche en el otro.

“Bien, ¿estás lista?” pregunta mientras sostiene la perforadora en alto. “Claro, mamá.” respondo. Ella asiente y vuelve a agacharse, acerca la perforadora hasta que mi oreja queda en aquella abertura. “3… 2… 1…” escucho que aprieta ese gatillo, hay una presión en mi oreja al mismo tiempo que escucho de cerca un chasquido. “Listo este lado.”

Tenía razón, no sentí nada de dolor, lo que sí siento es que ahora mi oreja derecha es más pesada. Noto enseguida esa figura rosada en mi oreja en los reflejos. “3… 2… 1…” no me di cuenta de cuándo caminó hacia mi otro lado. Esta vez escuché el chasquido antes de la presión en mi oreja. “Todo listo.” dijo mi madre antes de caminar hacia detrás de mí. “¿Te gusta el resultado?” susurró a mi oído.

Veo mi reflejo. Destacando enseguida e incluso destellando un poco al recibir la luz, están esas rosas. No puedo dejar de mirarlas y el conjunto de triple espejo del tocador me ayudan a ver varios de sus ángulos. Le dan un aspecto completamente diferente a mis orejas. Paso las yemas de los dedos y puedo sentir el frío material del que están hechos… me gustan.

“Sí… son… hermosos.” respondo mientras los muevo juguetonamente, mi oreja se siente extraña mientras lo hago. “Excelente, pequeña.” dice mamá mientras me da un beso en la mejilla. “Oh, y no los toques ni los gires tanto. Puede aflojarlos o hacerte daño.” aconseja ella mientras empieza a guardar todo. “Cuando vuelvas a sentir tus orejas, tal vez sientas un poco de dolor, pero es normal.” dice mientras me acerco al espejo para verlos mejor.

Como todas las cosas nuevas y femeninas que mamá me hace usar, hay algo hipnótico en ellas, siento que no puedo dejar de mirarlas y siento que tampoco puedo dejar de sentirlas, aunque en teoría el anestésico hizo que no sienta nada. “Por supuesto.” añade mamá. “Estos son un modelo hecho con materiales seguros, no es higiénico usar cualquier cosa barata.”

A mi mente vienen los recuerdos de Darwin pavoneándose con su pendiente feo que… “Ay no…” se escapa de mis labios. “Mamá… esto será difícil de explicar en el colegio.” no puedo creerlo. ¿Por qué no pensé en eso antes? Mañana es incluso el evento navideño. “¿cómo me los saco?” intento aflojar el broche, pero este está sólido en su sitio.

“Este modelo es especial, se afloja con un imán.” busca por última vez en un cajón y saca un pequeño objeto alargado con aros en los costados, parece un pedazo de metal. Lo acerca a la parte de atrás de mi oreja. “Tienes que pasar el aro por la aguja y acercarlo levemente.” Vuelvo a escuchar otro chasquido antes de sentir que la presión se aflojaba.

Mamá me muestra la palma de su mano donde ahora estaba el arete. “¿Lo ves? es muy fácil.” dice antes de volver a colocármelo. Un chasquido y la presión vuelve. “De vuelta a su sitio.” sonríe y pone el imán en mi mano. “Ponlo en tu llavero, así no lo pierdes.” me mira en el espejo.

“Por higiene, en los siguientes días solo quítatelos para ducharte, dormir o si es estrictamente necesario.” aconseja. “También tendrás que limpiarte los lóbulos con alcohol desinfectante de vez en cuando. Así no pescarás una infección mientras cicatriza el agujero y se hace permanente.” siento la presión de sus manos en mis hombros.

Esa última palabra ‘permanente’ hace que mi corazón de un vuelco. La ropa y el peinado puede cambiarse con facilidad, pero esto… esto ya no se irá. Comienzo a arrepentirme hasta que veo en el espejo nuestro reflejo. Parece una de esas fotos de ella y la abuela que hay en el álbum familiar. Su sonrisa orgullosa hace que este nuevo problema tedioso valga la pena.

“Si tengo que llevarlos a la escuela, ¿Cómo los oculto?” la idea de usar capucha suena bien, pero no serviría por mucho tiempo. “Eso también es muy fácil.” Ella deshace mi moño con un solo movimiento, toma un cepillo cercano y comienza a moldear mi cabello. “El cabello a veces se atorar en ellos, ten cuidado con eso.” En un par de pasadas, acomoda mi cabello de forma que cubre mis orejas y los aretes. “¿Ves? Como si no estuvieran allí.”

Giro mi cabeza de lado a lado, desaparecieron… pero quedaba un problema… Ese no era precisamente el peinado más masculino, pero bueno, yo tampoco lo soy. “Gracias, mamá.” digo mientras tomo el cepillo. Será mejor que aprenda a hacer este peinado, pues algo me dice que el hábito de usar aretes llegó para quedarse.


Continuará...

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----- Si por allí encuentran alguna falta de ortografía, por favor, háganmelo saber -----


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jueves, 16 de abril de 2026

LA MANSIÓN DE LA BRUJA - HISTORIA TG

 ----- La Mansión de la Bruja -----

-- Escrito por “Irene Naridza”

“Micaela, date prisa con el té.” Grita la Señora Monique desde la biblioteca. No puedo atenderla tan rápido, me tengo que parar para dar un respiro. He estado barriendo los pasillos de esta mansión gigante toda la mañana. Corrí desde una esquina de la mansión en otro piso hasta esta otra esquina en un piso diferente donde estaba la cocina para preparar el té y entonces intenté llegar al último piso donde está su despacho. Un reloj de péndulo marcaba que se acercaban las 16:00 PM. Estoy un poco agotada.


Llegué a este país hace un par de años. En ese tiempo no era una sirvienta en la mansión de una literal vieja bruja, es más, ni siquiera era una chica. Era un chico llamado Michael, vengo de Ecuador. Era un lugar bonito, luego decente, de allí horrible y por último terrible.


Al llegar a este país me la pasé trabajando en construcciones por las mañanas y como cajero de Mc. King por las tardes. De noche no tenía más fuerzas, caía rendido en la cama. Trabajaba duro para poder mantenerme y para enviarle dinero a mi madre en Ecuador. Ella ya es muy vieja y no ha podido jubilarse porque las pensiones de jubilación son muy bajas. Antes de partir, le prometí que no tendría que trabajar como maestra de música hasta el día de su muerte, yo la mantendría.


Un día de fin de semana, escuché que tocaban la puerta justo después de llegar de mi turno en el local de hamburguesas. Antes de siquiera poder ver por la mirilla, un panfleto se deslizó debajo de la puerta. Al dar un vistazo fuera, no había nadie. Mi atención entonces se enfocó en el panfleto donde había una jugosa oferta de trabajo como mayordomo en una mansión. El sueldo era cuatro veces mayor al que ganaba con mis dos trabajos de ese entonces.


Al siguiente día fui con mi bicicleta hacia la dirección, bien hubiera podido ser una broma de mal gusto, pero no pensé en eso si no en el dinero. Mi trayecto fue como un día de campo, pedalear por caminos de tierra rodeados por árboles y maleza por varios minutos hasta llegar a la entrada de un camino con muros de piedra a los lados. El letrero que decía; Residencia Monique, me dio la seguridad de que la oferta no era una broma.


Pedaleé por otro par de minutos en lo que era casi un túnel; los árboles eran tan altos y frondosos que tapaban la luz del sol, dejando escasos rayos caer sobre el camino. Este terminaba en un portón metálico abierto de par en par. Al cruzarlo vi una mansión grande rodeada por jardines de flores.


Dejé mi bicicleta en el porche antes de tocar la puerta y una chica rubia me atendió, se me hacía muy familiar. Su traje de sirvienta lucía más como un disfraz de Halloween que un uniforme formal de trabajo. Le mencioné que venía por la oferta de trabajo y ella amablemente me llevó hacia el último piso donde en un despacho grande estaba esa anciana del demonio, la Señora Monique.


La sirvienta la saludó con una reverencia antes de decir que venía por el trabajo. La anciana estaba muy atenta a un libro de hojas blancas donde siempre escribe cosas. Tenía su cabello plateado por las canas recogido en un moño. Me miró por encima de sus lentes dorados y sonrió. Su piel era muy arrugada y su labial tenía un tono de rojo muy fuerte.


Me presenté y le dije que estaba dispuesto a trabajar duro. Ella me miró de arriba abajo y dijo que era perfecta para el puesto. Me di cuenta de que algo definitivamente iba mal cuando noté que la sirvienta se ponía extrañamente emocionada y la anciana le decía que ahora podría ser libre.


Antes de que pudiera hacer cualquier pregunta. La señora Monique chasqueó los dedos y mi cuerpo empezó a sentirse extraño; mi cabeza palpitaba, mis huesos dolían y sentía fiebre. Aún no podía procesarlo cuando mi cuerpo se transformó, me hice más bajito, mis caderas se hicieron más grandes y… no daré más detalles vergonzosos, pero sí, ahora soy una mujer.


No podía salir de mi asombro. Estaba muy asustada, intenté salir corriendo, pero tropecé con los tacones que llevaba. Esa fue otra sorpresa, ya no estaba usando mis jeans y una chamarra. Estaba usando un vestido largo de sirvienta, mallas blancas y esos tacones negros.


Me quedé en el suelo haciéndome bolita cuando recordé dónde había visto a aquella chica rubia. Era una clienta que un día fue al local de hamburguesas y me hizo conversa mientras hacía su pedido. Como era amable y de voz suave, creo que terminé hablando de más. Incluso me dejó una buena propina, por lo que pasé todo por alto.


Ella o más bien, él, resultó ser un chico alto y rubio que había caído en las garras de esta bruja. Estaba muy alegre de poder irse y sin una pizca de arrepentimiento por dejarme con este ser horrible. Literalmente se fue saltando de alegría.


Lo siguiente que recuerdo fue haber intentado salir corriendo mientras gritaba hasta perder el aliento. Intenté salir de la mansión, pero aquel portón de metal ahora estaba cerrado. Los muros de piedra eran muy altos y casi lisos, era imposible trepar.


Entonces, aquella anciana apareció de la nada, advirtiendo que sería mejor no intentar huir y ser una buena sirvienta. Por si no ha quedado claro; La Señora Monique es una bruja, una muy extraña. Podría tener cualquier cantidad de sirvientes con el dinero que de alguna forma ha amasado durante toda su vida, pero a ella le gusta atraer jóvenes varones para transformarlos en mujeres y hacerlos trabajar como su única sirvienta.


En ese momento ella volvió a chasquear los dedos y en el bolsillo del delantal del traje de sirvienta apareció un dorado reloj de bolsillo cuyas manecillas se movían rápidamente. Me advirtió que ese era el tiempo que estaba transcurriendo en el mundo exterior y que el paso de este solo me afectaría si me atrevía a salir sin permiso. Temiendo por mi vida, acepté obedecerla.


Ha pasado un año entero desde eso, al menos aquí dentro. He tenido que barrer pasillos, desempolvar una infinidad de estanterías y atender a la Señora Monique a cada que ella quiere. Cuando está muy lejos como para poder llamarme a gritos, usa su magia para aparecer un teléfono de disco – que mi finada abuela diría que es un modelo antiguo – para comunicarse conmigo.


Siempre quiere que le haga té, le dé un cojín, le lleve alguna estatuilla o le dé más té. Además, a cada que entro donde ella está, tengo que hacer una reverencia para complacerla. ¿Qué pasa si cometo un error? Me lanza rayos de sus dedos, duelen mucho.


Comprobé por mí misma que no era recomendable escapar. Un día mientras podaba los arbustos altos con ayuda de una escalera, pude ver sobre el muro de piedra. El bosque parecía más grande de lo que recordaba. Pensé que la maldición del reloj era falsa, pues podía extender mi mano y tocar los árboles y no me convertía en ningún esqueleto.


Mientras intentaba alcanzar una rama más gruesa en la cual sostenerme, derribe una manzana que traía conmigo como aperitivo. Pude ver como esta se marchitaba y se hacía polvo antes de siquiera tocar el suelo. Desde entonces no he vuelto a subir a los muros.


La señora Monique siempre me dice que debo ser agradecido, pues cuando me deje ir, aparecería en el exterior el mismo día que llegué y me pagaría todos los meses que he estado trabajando aquí, teniendo en cuenta solo el tiempo dentro de la mansión, claro.


También me explicó que; cuando se aburriera de mí, me dejaría salir con un hechizo de protección para buscar un reemplazo. Dice que basta con traer a cualquier incauto, pero eso no lo hace menos incómodo de pensar.


¿Ya mencioné que tengo que lidiar también con este cuerpo? Ya no tengo tanta fuerza como antes, pero al menos puedo moverme más rápido sin cansarme demasiado. 


El problema es ese maldito periodo, en este momento estoy teniendo cólicos y solo quiero volver a mi cama en el cuarto que me dio la bruja esa – el cual no está nada mal, es más grande que el mono ambiente donde vivía – pero no podré hasta la noche. Al menos me da toallas higiénicas ilimitadas y me deja usar zapatos bajos en lugar de tacones en estos días.



“MICAELA, ¿DÓNDE ESTÁ MI TÉ?” allí está de nuevo. Doy un largo respiro antes de reincorporarme y tomar el juego de té. Mi único motivante es que, de conseguir el dinero, me será de mucha ayuda a mí y a mi madre.


FIN

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