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Escrita por: Irene Naridza
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Esteban era un repartidor en su barrio. Ganaba lo suficiente para pagar sus necesidades mientras asistía a la universidad. Aún vivía con sus padres, algo normal en la región, pero ya no le daban tanto dinero como cuando estaba en el colegio.
Él estudiaba para ser maestro, pero había demostrado no tener vocación para la profesión. Pero era a lo único que podía acceder.
Un día hubo un terremoto muy fuerte en el país. Edificios, casas, puentes y demás construcciones cayeron. El país estaba en caos. El trabajo de repartidor de Esteban se había reducido a gente adinerada que aún podían pagar por una entrega a domicilio.
Ese día fue a la mansión de un magnate a entregar verduras. Él le dio una buena propina, pero Esteban no podía dejar de pensar en los lujos del lugar. Una mansión de 4 pisos, y numerosas habitaciones, la parte frontal tenía una gran área verde donde había estatuas y piletas. Aunque parte del panorama estaba arruinado por el terremoto, ya había trabajadores reparando todo.
Esteban tomó un camino diferente a la hora de volver a casa. Uno más largo por el bosque, lo conocía muy bien, por lo que no podía perderse. Al ser su última entrega del día, podía permitirse un corto paseo. Tomó Esas caminatas para despejar su mente fueron muy útiles para aliviar sus días pesados.
En un momento pasó por un sendero por el que no había caminado por un buen tiempo. Vio que había piedras en el camino. Pertenecían a la montaña que se alzaba junto al camino.
Al pasar por allí, Esteban se dio cuenta de que había una caverna pequeña dentro de la montaña. La examinó brevemente y se dio cuenta de que era una especie de templo Inca. Aquel inmenso imperio antiguo había tenido asentamientos a lo largo de toda la región.
Ciudades enteras fueron olvidadas y enterradas por el paso del tiempo y el avance de la vegetación. Se decía que la mayoría de rastros del Imperio Inca estaba bajo tierra, donde ahora se alzaban ciudades o pueblos modernos.
Esteban recordó que, con el terremoto, las montañas se deslavaron y el suelo se había agrietado en varios puntos del país. En muchos lugares se pudo encontrar alguna estructura de civilizaciones antiguas, pero por el nivel de la catástrofe, por el momento no se les estaba dando atención.
El templo enterrado en la montaña estaba intacto. Pese a que el polvo y la tierra estaban por todos lados. El techo, paredes y demás estructuras estaban muy bien conservadas. Palpó una de las paredes, era piedra sólida, pero tallada. Figuras de los astros, en especial del Sol, estaban por todas partes.
Incluso la estructura principal del templo, era un gran sol con un rostro. En el centro había un altar. Esteban se emocionó al notar el color dorado y la solidez de este. – Un lingote de oro gigante. – Exclamó. Pero algo más llamó su atención. Las vasijas en aquel altar.
Eran 3, pero lucían fuera de lugar. No eran de barro cocido, eran de porcelana. Esteban no recordaba que ese tipo de material fuese hecho por los Incas. Les dio un vistazo más de cerca. Pese al polvo que había sobre ellas. Se notaban las figuras delicadas que había sobre ellas. Hojas, árboles, animales e incluso la figura de un duende estaban dibujadas en ellas.
Curioso, Esteban tomó la tercera vasija. Era un tanto pesada, pero bastante sólida. Había un tapón que la sellaba. Con un poco de fuerza la abrió y una fuerte ráfaga comenzó a salir del jarrón. Esteban lo dejó caer, pero este no se estrelló en el suelo si no que flotó en el aire.
El polvo de color verde que salía del jarrón comenzó a formar un remolino junto al aire a presión que había estado sellado. Pronto una pequeña figura comenzó a materializarse. Dando un bostezo y estirándose de su largo sueño, era un ser mágico más allá de la comprensión de cualquier persona.
–Vaya descanso. – Dijo el duende mientras frotaba sus ojos. Tardó en notar a Esteban, pues él se había quedado sin palabras y boquiabierto por lo que acababa de ver. El duende, ajustando su saco y sombrero se acercó al chico.
“Saludos, humano. Soy Moisfill, el duende de las praderas encantadas. Has abierto la vasija de mis aposentos.” Recitó el duende, era un diálogo que ya había dicho cientos de veces a lo largo de los siglos. “Te concederé un deseo. Puedes pedir lo que sea.” Esteban salió del trance en el que lo tenía su asombro. “Espera, espera. Ve más despacio.” Dijo el chico.
“¿Qué es lo que eres?, ¿eres un dios Inca?” él incluso se pellizcó para comprobar si todo esto no se trataba de solo un sueño. Moisfill ya había visto esa reacción antes. “Soy un duende mágico. Procedo de las praderas del norte. He sido enviado por mi aldea para conceder a los humanos los deseos que procedan del fondo de su corazón.” Explicó con paciencia.
“Oh. Entonces. Eres una especie de genio como los que salen de las lámparas egipcias.” Concluyó Esteban, empezando a entender la situación. “Soy más bien una especie diferente. Conozco los genios de los que hablas, son seres mágicos como nosotros los duendes. Pero de distintas regiones del mundo.” Aclaró Moisfill.
“Dijiste que eras del norte. ¿Qué haces en Sur América?” preguntó intrigado, saciar su curiosidad parecía una prioridad muy grande en ese momento. “Unos hombres del Reino Británico me pidieron un singular deseo. Ser parte de una ofrenda para el dios de un reino muy lejano y misterioso.” Moisfill señaló a la estatua del ‘Inti Raymi’.
“Por mi naturaleza. No puedo conceder deseos que atenten contra mi propio reino. Pero al ser ese dios un ser benevolente. No hubo problemas con ayudarlos.” Agregó Moisfill. “¿Para qué unos ingleses querían hacerle una ofrenda al dios inca? Además, hasta donde sé. Aquí llegaron los españoles.” Dijo Esteban confundido por el relato.
“Este reino ha sido visitado por muchos otros de diferentes partes del mundo. No solo los Castellanos." Explicó Moisfill al señalar las paredes del templo. En todas estaban talladas distintas figuras con representaciones de diferentes formas y colores. “Todos buscaban el poder que el Inti Raymi podía ofrecer, pero solo pocos podían entregar una ofrenda a la altura.” Esteban las miró con atención.
“Es un halago que me hayan considerado lo suficientemente importante como para ser una ofrenda." dijo Moisfill mientras se ajustaba su gorro de punta.
“¿Cuál era ese poder?” preguntó, Esteban. “Uno que va más allá de lo que incluso yo puedo hacer.” dijo el duende mientras se reviraba a ver al joven. “Ahora, humano. Dime ¿cuál es tu deseo?”
4 MESES DESPUÉS.
Una mujer entró a una pequeña habitación. No tenía más de 6 metros cuadrados, sin ventanas, solo una cama, un armario y un baño adjunto. La mujer, lucía un vestido de sirvienta un poco sucio por su larga jornada.
La mujer se dejó caer en la cama por el cansancio. Después de un par de minutos se puso de pie y se dirigió al escritorio donde tomó un lápiz y un cuaderno. Era su diario en el que escribía como era su vida desde los últimos acontecimientos.
“Entrada 32. Esto es desastroso. No pensé que esto terminara así. Estoy cansada y no sé cuándo podría terminar esto.” Comenzó a escribir. “Y pensar que todo esto comenzó por esa maldita vasija olvidada en medio de la nada. Hace ya más de un mes que la encontré. Creo que ya lo escribiré, no estoy seguro, como sea.” La chica se rascó la cabeza confundida antes de seguir escribiendo.
“Hace unos meses, era un hombre y estaba en mi trabajo como repartidor. Un tipo vivía bastante lejos, pero me dio una buena paga. Al volver tomé el camino equivocado. No me perdí ni nada, solo era uno más largo que haría que volviese a casa más tarde. ¿Sabes lo peligroso que son las calles de mi barrio?” hizo esa pregunta como si el diario pudiese responderle. Lo había convertido en su confidente.
“En eso encontré una cueva extraña, llena de figuras Incas o algo así. El territorio Inca tuvo asentamientos en la zona que ahora es mi barrio. Con el paso de los siglos sus ciudades fueron cubiertas por tierra, vegetación y las ciudades modernas. Pero hubo un terremoto bastante fuerte hace como dos meses. Edificios caídos, casas por los suelos, todo un desastre.” La chica sintió escalofríos al recordar dicho terremoto.
“El Terremoto también ocasionó que montañas se deslavaran y el suelo se partiera. Así fue como se encontraron estructuras de los antiguos pobladores en diferentes lugares del país. Pero no había planes de examinarlas. Las autoridades ‘intentaban’ atender el desastre dejado por el terremoto. Oh eso decían ellos.” La chica suspiró con frustración.
“Un político latinoamericano usualmente no es muy diferente a un ladrón. Estados Unidos y otros países europeos donaron comida y medicamentos al país, pero estas provisiones no se repartieron. El gobierno alemán tuvo la precaución de poner un rastreador en un par de cajas que enviaron. Las encontraron en residencias privadas de alcaldes o en el mercado negro.” La chica recordó con indignación la noticia, difundida solo por noticieros internacionales ante el infame silencio de la prensa local.
“El presidente, un inepto. Rompió relaciones con Alemania. Los acusó de tener malas intenciones al marcar cajas de ayuda humanitaria y de querer desestabilizar su gobierno.” hizo una pausa para dar una risa seca por lo ridículo que le resultaba la respuesta del estado.
“Como sea… ¿en qué estaba? Oh sí, la cueva.” estiró su cuello de lado a lado antes de volver a escribir. “La cueva, resultó estar cubierta tras una gran roca que estaba al costado de un camino en el bosque. Con el terremoto, esta quedó al descubierto. Recuerdo mis clases de historia. Casi todo era de estilo Inca, tótems con la cabeza más grande que el cuerpo y esos exagerados rasgos faciales.” Escribía según podía recordar, pero sus memorias ya eran borrosas.
“Pero había algo fuera de lugar, esas malditas vasijas. Esto sonará loco, pero fue lo que pasó. Abrí una y un duende mágico salió de ella. No podía creerlo, pero en realidad era un duende auténtico. Me ofreció un deseo, lo que fuese.” Dió vuelta a la hoja del diario una vez la había llenado de sus palabras.
“No había razones para no creerle. Era un ser mágico que salió de una vasija milenaria dentro de un templo Inca. De inmediato, muchas cosas vinieron a mi mente, quería dinero, quería mucho dinero… pero entonces recordé.” se detuvo en seco, le costaba recordar lo que seguía. No por memoria, si no porque lamentaba ese momento cada segundo de cada día que había pasado desde entonces.
“Recordé esta mansión. Grande, espaciosa y majestuosa. Llena de maravillas y comodidades donde fuese que mirase.” aún se emocionaba al pensarlo, aunque ahora era más un recuerdo amargo.
“Lo siguiente que dije, lo hice sin pensarlo demasiado.” el esfero rasgó el papel de su diario mientras plasmaba palabra por palabra lo que recordaba de aquel día.
“Le pedí poder estar en aquella mansión…” el recuerdo de su error era aún demasiado incómodo de afrontar debido a cómo terminó ahora. “Sí… esa frase… esa petición era DEMASIADO AMBIGUA… ” escribió esta vez, con más rabia.
“Todo pasó en un parpadeo. En un momento estaba en esa cueva y al siguiente… estaba en la mansión… fueron unos bellos segundos… pensé que por fin mi vida sería mejor…” esa falsa esperanza era tan horrible que hasta le daba dolor de estómago.
“Todo se desmoronó cuando vi a aquel mismo tipo al que le había hecho la entrega. Me chasqueó los dedos con insistencia, ordenándome que le pasara una charola con postres. No entendí lo que pasaba por uno segundos… hasta que miré hacia abajo y…” seguía sin poder creer lo que había ocurrido pese a todo ese tiempo que había pasado.
“Ahora tenía un vestido de sirvienta y… ahora era una chica… ese duende… ese miserable duende…” comenzó a escribir con más fuerza, el esfero empezaba a clavarse en el papel y dejar marcas profundas que pasaban al resto de hojas, arruinando un poco su diseño.
“Una cosa es confundir un deseo ambiguo, pero esto… ESTO…” la punta del esfero rasgó el papel, dejándole saber que debía calmarse. Dejó el esfero en la hoja y cerró el diario. Se recostó en su silla y dió un profundo suspiro.
– ¿Cómo pudo confundir tan mal un deseo? – murmuró. – Esto no puede ser un accidente… es demasiado para serlo. – agregó mientras miraba la ventana. – Ese maldito… ese maldito duende jugó conmigo. – dijo con furia.
En la misma ventana, miró el reflejo del reloj en la pared tras ella. Ya era hora de dormir. Tenía que descansar si quería hacer un buen trabajo como sirvienta. Aunque era un trabajo exigente y a ratos denigrante, la paga era mucho mejor de lo que ganaba como repartidor.
Aunque no era de la forma que quería, estaba en una mansión muy bonita y al menos consideraban sus servicios como indispensables, por lo que difícilmente la despedirían en un futuro cercano.
Por el momento, ignoraba la parte difícil y se enfocaba en ver su cuenta bancaria crecer con un buen ritmo. No se explicaba como ahora todos sus datos eran femeninos, pero sabía que no había mucha ciencia en ello. Eran parte de las consecuencias del deseo con el duende.
Aún así, aún quedaba una gran duda que sí le daba insomnio a veces. Ser una sirviente en esa mansión podía ser algo con un fin pero, cuando eso llegase. ¿Qué haría ahora que era una chica?
FIN
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------------------ Opinión de la Autora ------------------
No me gusta mucho como terminó la historia, pulir al nivel que sí me gustara tomaría mucho tiempo. La terminé solo para quitarla de mi lista de historias pendientes.
Esteban tiene recuerdos distintos por que por todo lo que ha pasado, ya empieza a olvidar detalles púes en su mente solo está ese duende y el momento que pidió mal su deseo.
------------------------------------ GRACIAS POR VER ------------------------------------