----- La Mansión de la Bruja -----
-- Escrito
por “Irene Naridza”
“Micaela,
date prisa con el té.” Grita la Señora Monique desde la biblioteca. No
puedo atenderla tan rápido, me tengo que parar para dar un respiro. He estado
barriendo los pasillos de esta mansión gigante toda la mañana. Corrí desde una
esquina de la mansión en otro piso hasta esta otra esquina en un piso diferente
donde estaba la cocina para preparar el té y entonces intenté llegar al último
piso donde está su despacho. Un reloj de péndulo marcaba que se acercaban las
16:00 PM. Estoy un poco agotada.
Llegué a
este país hace un par de años. En ese tiempo no era una sirvienta en la mansión
de una literal vieja bruja, es más, ni siquiera era una chica. Era un chico
llamado Michael, vengo de Ecuador. Era un lugar bonito, luego decente, de allí
horrible y por último terrible.
Al llegar
a este país me la pasé trabajando en construcciones por las mañanas y como
cajero de Mc. King por las tardes. De noche no tenía más fuerzas, caía rendido
en la cama. Trabajaba duro para poder mantenerme y para enviarle dinero a mi
madre en Ecuador. Ella ya es muy vieja y no ha podido jubilarse porque las
pensiones de jubilación son muy bajas. Antes de partir, le prometí que no
tendría que trabajar como maestra de música hasta el día de su muerte, yo la
mantendría.
Un día de
fin de semana, escuché que tocaban la puerta justo después de llegar de mi
turno en el local de hamburguesas. Antes de siquiera poder ver por la mirilla,
un panfleto se deslizó debajo de la puerta. Al dar un vistazo fuera, no había
nadie. Mi atención entonces se enfocó en el panfleto donde había una jugosa
oferta de trabajo como mayordomo en una mansión. El sueldo era cuatro veces
mayor al que ganaba con mis dos trabajos de ese entonces.
Al
siguiente día fui con mi bicicleta hacia la dirección, bien hubiera podido ser
una broma de mal gusto, pero no pensé en eso si no en el dinero. Mi trayecto fue
como un día de campo, pedalear por caminos de tierra rodeados por árboles y
maleza por varios minutos hasta llegar a la entrada de un camino con muros de
piedra a los lados. El letrero que decía; Residencia Monique, me dio la
seguridad de que la oferta no era una broma.
Pedaleé
por otro par de minutos en lo que era casi un túnel; los árboles eran tan altos
y frondosos que tapaban la luz del sol, dejando escasos rayos caer sobre el
camino. Este terminaba en un portón metálico abierto de par en par. Al cruzarlo
vi una mansión grande rodeada por jardines de flores.
Toqué la
puerta y una chica rubia me atendió, se me hacía muy familiar. Su traje de
sirvienta lucía más como un disfraz de Halloween que un uniforme formal de
trabajo. Le mencioné que venía por la oferta de trabajo y ella amablemente me
llevó hacia el último piso donde en un despacho grande estaba esa anciana del
demonio, la Señora Monique.
Ella
estaba muy atenta a un libro de hojas blancas donde siempre escribe cosas.
Tenía su cabello plateado por las canas recogido en un moño. Me miró por encima
de sus lentes dorados y sonrió. Su piel era muy arrugada y su labial tenía un
tono de rojo muy fuerte.
Me
presenté y le dije que estaba dispuesto a trabajar duro. Ella me miró de arriba
abajo y dijo que era perfecta para el puesto. Me di cuenta de que algo
definitivamente iba mal cuando noté que la sirvienta se ponía extrañamente
emocionada y la anciana le decía que ahora podría ser libre.
Antes de
que pudiera hacer cualquier pregunta. La señora Monique chasqueó los dedos y mi
cuerpo empezó a sentirse extraño; mi cabeza palpitaba, mis huesos dolían y
sentía fiebre. Aún no podía procesarlo cuando mi cuerpo se transformó, me hice
más bajito, mis caderas se hicieron más grandes y… no daré más detalles
vergonzosos, pero sí, ahora soy una mujer.
No podía
salir de mi asombro. Estaba muy asustada, intenté salir corriendo, pero tropecé
con los tacones que llevaba. Esa fue otra sorpresa, ya no estaba usando mis
jeans y una chamarra. Estaba usando un vestido largo de sirvienta, mallas
blancas y esos tacones negros.
Me quedé
en el suelo haciéndome bolita cuando me explicaron todo. Fue en ese momento que
recordé dónde había visto a aquella chica rubia. Era una clienta que un día fue
al local de hamburguesas y me hizo conversa mientras hacía su pedido. Como era
amable y de voz suave, creo que terminé hablando de más. Incluso me dejó una
buena propina, por lo que pasé todo por alto.
Ella o más
bien, él, resultó ser un chico alto y rubio que había caído en las garras de
esta bruja. Estaba muy alegre de poder irse y sin una pizca de arrepentimiento
por dejarme con este ser horrible. Literalmente se fue saltando de alegría.
Lo
siguiente que recuerdo fue haber intentado salir corriendo mientras gritaba
hasta perder el aliento. Intenté salir de la mansión, pero aquel portón de
metal ahora estaba cerrado. Los muros de piedra eran muy altos y casi lisos,
era imposible trepar.
Entonces,
aquella anciana apareció de la nada, advirtiendo que sería mejor no intentar
huir y ser una buena sirvienta. Por si no ha quedado claro; La Señora Monique
es una bruja, una muy extraña. Podría tener cualquier cantidad de sirvientes
con el dinero que de alguna forma ha amasado durante toda su vida, pero a ella
le gusta atraer jóvenes varones para transformarlos en mujeres y hacerlos
trabajar como su única sirvienta.
En ese
momento ella volvió a chasquear los dedos y en el bolsillo del delantal del
traje de sirvienta apareció un dorado reloj de bolsillo cuyas manecillas se
movían rápidamente. Me advirtió que ese era el tiempo que estaba transcurriendo
en el mundo exterior y que el paso de este solo me afectaría si me atrevía a
salir sin permiso. Temiendo por mi vida, acepté obedecerla.
Ha pasado
un año entero desde eso, al menos aquí dentro. He tenido que barrer pasillos,
desempolvar una infinidad de estanterías y atender a la Señora Monique a cada
que ella quiere. Cuando está muy lejos como para poder llamarme a gritos, usa
su magia para aparecer un teléfono de disco – que mi finada abuela diría que
es un modelo antiguo – para comunicarse conmigo.
Siempre
quiere que le haga té, le dé un cojín, le lleve alguna estatuilla o le dé más
té. ¿Qué pasa si cometo un error? Me lanza rayos de sus dedos, duelen mucho.
Comprobé
por mí misma que no era recomendable escapar. Un día mientras podaba los
arbustos altos con ayuda de una escalera, pude ver sobre el muro de piedra. El
bosque parecía más grande de lo que recordaba. Pensé que la maldición del reloj
era falsa, pues podía extender mi mano y tocar los árboles y no me convertía en
ningún esqueleto.
Mientras
intentaba alcanzar una rama más gruesa en la cual sostenerme, derribe una
manzana que traía conmigo como aperitivo. Pude ver como esta se marchitaba y se
hacía polvo antes de siquiera tocar el suelo. Desde entonces no he vuelto a
subir a los muros.
La señora
Monique siempre me dice que debo ser agradecido, pues cuando me deje ir,
aparecería en el exterior el mismo día que llegué y me pagaría todos los meses
que he estado trabajando aquí, teniendo en cuenta solo el tiempo dentro de la
mansión, claro.
También me
explicó que; cuando se aburriera de mí, me dejaría salir con un hechizo de
protección para buscar un reemplazo. Dice que basta con traer a cualquier
incauto, pero eso no lo hace menos incómodo de pensar.
¿Ya
mencioné que tengo que lidiar también con este cuerpo? Ya no tengo tanta fuerza
como antes, pero al menos puedo moverme más rápido sin cansarme demasiado. El
problema es ese maldito periodo, en este momento estoy teniendo cólicos y solo
quiero volver a mi cama en el cuarto que me dio la bruja esa – el cual no
está nada mal, es más grande que el mono ambiente donde vivía – pero no
podré hasta la noche. Al menos me deja usar zapatos bajos en lugar de tacones
en estos días.
“MICAELA, ¿DÓNDE ESTÁ MI TÉ?” allí está
de nuevo. Doy un largo respiro antes de reincorporarme y tomar el juego de té.
Mi único motivante es que, de conseguir el dinero, me será de mucha ayuda a mí
y a mi madre.
FIN
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